Las venas abiertas

Sección dedicada al escritor uruguayo Eduardo Galeano, basada en el nombre de su ensayo “Las venas abiertas de América Latina” publicado por primera vez en 1971. En ese ensayo, Galeano nos permite recorrer la historia de nuestro continente y contextualizar el presente tras un pasado de sometimiento y saqueos constantes sobre sus recursos.


Diego es pueblo

Maradona es (sí, en presente) el futbolista más grande de todos los tiempos, y no solo le pertenece a los argentinos. Es del pueblo, de todo el pueblo, sin importar su nacionalidad. Se convirtió en un fenómeno cultural, en esperanza, en identidad, en conciencia de clase y racial, en símbolo de lucha, en sinónimo de alegría, en un verbo con muchas formas y maneras de conjugarlo.

Campaña déjà vu

Presuntos “periodistas” con trayectoria y un poder económico detrás. Nunca exponen una solución (y jamás lo harán), solo explican el supuesto “problema”, sin pruebas concretas o veraces; puras conjeturas y ficción. La campaña déjà vu ya comenzó y amenaza con ser más “sangrienta”.

El Síndrome de Doña Florinda

Florinda, la del Chavo del ocho, el tío Tom y Stephen Candie… Son síndromes que circulan por la Argentina. Un recorrido con el Dante a las entrañas patológicas del odio argento.

Dueños del sentido

En los medios de comunicación la pelea no es la economía ni la desigualdad. La gran pelea es por el sentido común. Es por quien interpreta y dice lo que la mayoría de la gente quiere y tiene que escuchar.

La libertad de los odiadores

Siempre los odiadores seriales aspiraron ser la clase alta. Y lo que nunca entenderán es que nunca lo van a ser. Les cuesta creer que están más cerca del pobre que de la clase más pudiente del país.

La Justicia en Jujuy

El gobernador Gerardo Morales demonizó los movimientos sociales y encolumnó al Poder Judicial de la provincia en su política discriminatoria.

En el siglo XXI hablamos de “lawfare”, es decir, del manejo de la política a través de jueces inducidos por las corporaciones transnacionales y financieras para castigar, en los estrados judiciales, a los referentes de las democracias sociales o los populismos de izquierda en América Latina.

Pero en el siglo XIX y antes, eso no existía en Jujuy, porque toda la justicia estaba en manos de los blancos y en menor medida, en los mestizos colonizados. El conocimiento y ejercicio de los derechos del hombre, nacidos de la revolución francesa, era limitado al entramado de una clase, color de piel y poco más. El resto, la mayoría de la población, no tenía cabal conciencia de esos derechos y su existencia y su pertenencia era limitada a las condiciones de posibilidad de cada tiempo y lugar.  

Recién en el siglo XX aparecieron los derechos sociales (con las revoluciones de México y Rusia y aquí en la Argentina con Irigoyen y Perón) y luego los derechos humanos (después de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto) los que, con la irrupción masiva de la educación, de las comunicaciones, de los avances científico-tecnológicos y el crecimiento de las clases medias, se hicieron carne en el mundo y despertaron la posibilidad de acceder y exigir el cumplimiento de ellos. Pero el reconocimiento judicial hacia tales derechos avanzó muy poco y nada en relación a los otros factores. 

El abogado Rodolfo Peláez, en su blog Afinando las palabras, dice que existe una creencia dominante heredada del siglo XVII, con Juan Jacobo Rousseau, quien afirma que los hombres son buenos por naturaleza, que los niños son inocentes y que no hay maldad intrínseca sino aprendida “en ciertos institutos sociales”, y que eso fue sostenido por los fundadores del libre mercado cuando reclaman el poder comerciar con absoluta libertad. En otras palabras, aparte de que el liberalismo, naturalmente, tendería hacia el bien, agrega que con ese sustrato de creencias, esperamos encontrarnos con jueces probos como si eso “fuera lo lógico, lo natural”.

Insiste Peláez en que todos apostamos a ser buena gente, aunque sepamos por experiencia que “podemos ser buenos hijos de puta”. Es así que todos creemos en la primacía del bien y la justicia, lo que no está mal, pero en la práctica, la cosa es distinta y en la justicia, ni hablar.

“Los hombres son todos buenos, pero si se los vigila son mejores”, dijo Perón. Y esto aplicado al Poder Judicial, podría significar “un mayor control democrático y periodicidad acotada de los jueces, y sobre todo de los cargos de la Corte Suprema”. 

Digo esto porque la Justicia de Jujuy, incluida su matriz individual y sus prejuicios (porque era cosa de los señores), no ha cambiado mucho desde el siglo XIX. Por eso ahora se impone la necesidad de su democratización para evitar la manipulación de cúpulas: no todo lo legal es necesariamente justo.

Además, la elección indirecta de magistrados (no por el voto popular sino por mecanismos de acuerdos y artilugios institucionales), siguen respondiendo estructuralmente a la clase dominante. Y todo ello está teñido por las costumbres y concepciones arcaicas mencionadas que resisten la modificación de ese poder, ahora articulado por la cultura neoliberal, por los medios de comunicación y sus aparatos de propaganda.

Veamos un ejemplo cercano. En Jujuy, en el período democrático y después de la dictadura militar de 1976, se impuso un tibio reconocimiento de la idoneidad técnico-jurídica en el nombramiento de los responsables de la judicatura. Ejemplos fueron los abogados Clemente Wayar y Oscar Galíndez, hombres estudiosos, avalados por severas publicaciones con sapiencia judicial y respetuosos de los principios de independencia, aunque se trataba de personalidades afines al Ejecutivo de ese entonces.

La oposición política también era tenida en cuenta en el nombramiento de los jueces supremos, como por ejemplo el intelectual Héctor Tizon, quién aparte de novelista, fue ministro de Horacio Guzmán y embajador de Frondizi. Posteriormente, el gobernador justicialista, Walter Barrionuevo, avaló el acceso a la Corte de la diputada radical Clara Langhe de Falcone como parte de una negociación política.  

Pero este avance relativo de “pseudo democratización” quedó violentamente interrumpido en diciembre de 2015 por el gobernador electo de la UCR, Gerardo Morales. La abrupta modificación del Superior Tribunal de Justicia por parte del mandatario fue la prueba perfecta de una judicatura dependiente: aumentó los cortesanos de cinco a nueve, dos de los cuales fueron diputados radicales en ejercicio quienes se votaron a sí mismos en una sesión Legislativa entre gallos y medianoche.

Estamos hablando de Pablo Baca y Elizabeth Altamirano. El tercero fue Federico Francisco Otaola, exdiputado, excandidato a vicegobernador por el partido de Alem. El cuarto miembro, la jueza Laura Nilda Lamas González, quien si bien tenía experiencia judicial, era reconocida por su afinidad con el flamante gobernador. Con esos nuevos integrantes y la Falcone, Morales se aseguró el control político de ese poder.

Juramentación en 2015 de los nuevos integrantes del Superior Tribunal de Justicia en Jujuy (Foto: Cortesía)

Tales retrocesos institucionales fueron inversamente proporcionales al fatigoso avance democrático de las mayorías populares en su camino hacia la democratización de la Justicia, ya que grandes parcelas de la sociedad (otrora invisibilizadas y/o excluidas), exigen reconocimiento, dignidad y respeto. Es decir, solicitan, en estos tiempos, el acompañamiento de una administración de justicia que contemple la defensa de los derechos e intereses de todos y no solo de un sector económica y socialmente privilegiado.

Esto a pesar de que, como hemos visto, la actitud discriminatoria se encuentra instalada y naturalizada en la conciencia de una buena parte de la sociedad, en sus creencias profundas y obviamente en sus jueces. Se sabe muy bien que todos no somos iguales ante los requerimientos judiciales

Como nunca antes, existe la sensación y la evidencia de que la Justicia es una prótesis de la manipulación política en sus facetas más primitivas, ya que la división de poderes se asemeja a una expresión teórica más que a una realidad fáctica. Se advierte, además, una enorme paradoja: las resoluciones y los fallos de la judicatura, incluso los más absurdos, arbitrarios y criticados, son considerados como si fueran justos para una gran mayoría de la población desinformada, manipulada y con poca conciencia histórica.  

El contador Morales, un hábil y pragmático político, cuando se hizo cargo del gobierno provincial con el apoyo de empresarios como Carlos Pedro Blaquier, blindado por su circunstancial mayoría en la legislatura, demonizó a los movimientos sociales, encolumnó al poder judicial en su política discriminatoria y aprovechando esa poca conciencia y desinformación del pueblo, comenzó a aplicar una arcaica forma de ejercer el poder, teñido por una hipotética democracia, con persecuciones, detenciones, allanamientos y juicios arbitrarios por doquier a sectores otrora invisibilizados, de piel oscura, tal cual un “remake” perfeccionado de 1955.

Instaló una suerte de “unicato institucional” que hizo recordar el histórico temor del radicalismo a la expresión callejera de los colectivos sociales rebeldes de la negritud, como la Tupac Amaru, a los que respondió con duras medidas de represión y cárcel que analizaremos en otra oportunidad.


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El arte situado: memoria, genocidio y ancestralidad

¿Cómo asimilar que el genocidio latinoamericano es el piso simbólico de nuestro pueblo?

El trabajo del pensador americano es afianzar la identidad de su pueblo acercando categorías propias de abordaje a su problemática, develando y enriqueciendo su piso simbólico. Sin embargo, hay terribles hechos en nuestra historia de genocidio y colonialidad muy difíciles de digerir y transformar en memoria.

Sencillo es entender que nadie quiere hacer suyo un recuerdo de sufrimiento, muertes y vejaciones, ni tener el rol del derrotado. Sencillo es para un pensamiento occidental dicotómico que sitúa en debe y haber, en bueno y malo, en ganador o perdedor pero no para nosotres.

Desde que llegó Colón a nuestras tierras, nos hallamos ante relatos pseudomíticos de héroes que consumimos como propios cuando son de lejanísimas e inciertas culturas, mezcladas de ideas de agresión y rivalidad. Adherimos a épicas falsas de conquistas frente a enemigos supuestos o débiles. Esa no es la historia de nuestro pueblo.

Es la historia de un pueblo europeo que no desarrolló la agricultura en forma comunitaria, y tuvo muchos períodos de hambre; que prefirió saquear y esclavizar, dominar y cobrar tributo. Hemos escuchado y leído esas conquistas de violencia sobre el cuerpo, sobre el lenguaje y sobre las creencias y las aceptamos para borrar las nuestras, recuerdos de la muerte.

Sobre aquellas está fundada la colonialidad, y es una idea a desterrar porque conlleva estigmas de racismo, de explotación productiva y económica, y  desplaza lo sagrado hacia el consumismo y la depredación.

No es el sentir americano de un equilibrio, entre otras cosas, porque la tierra se compartía.

¿Cómo se puede asimilar el genocidio latinoamericano al piso simbólico de nuestro pueblo, a nuestra ancestralidad? La respuesta está íntimamente asociada a nuestro estar mestizo, a un pueblo indígena que fue arrasado, mediado e interpelado por otro, en este caso, el español, pero que necesita vivir con su identidad íntegra.

Desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego, los genocidios en América fueron primero contra los pueblos originarios, y  segundo, muy juntos, contra el mestizo local; en nuestro país, el gaucho. Y se siguen perpetrando. 

Ciertas épocas fueron propensas al cultivo de los escritos sociales con preferencia sobre otras formas, y hay literaturas nacionales que prefieren las literaturas pragmá­ticas sobre las ficcionales. Tal es el caso de la  hispanoamericana, hasta finales del siglo XIX, donde los intelectuales, sumergidos en ciertos romanticismos pero también racismos, quisieron formar una identidad en la nación, pero los vientos liberales les agudizaron su afán de guerra y exterminaron a la mujer y al hombre de esta tierra en nombre del progreso.

La generación del 80 quería fortalecer el aspecto combativo y guerrero pero midió al ser humano por su grado de inserción intelectual, influenciados por el iluminismo europeo. Aplicó la ley como si fuera labor y fruto de esta tierra, y aunque aparentemente creían en la cruz y la pluma, sólo usaron la espada y la discriminación.

No hubo lugar para fundar una sociedad mestiza y creativa porque la palabra solo fue unilateral y ajena, aun para ellos mismos. Buscaron ensalzar un personaje vernáculo pero no creyeron en él y fueron arrasados por la maldición eterna de un desacierto fundante. Aceptaron lo criollo y terrateniente en desmedro del gaucho y el mestizo, y a medias, al gringo, cuando se incorporó al liberalismo. Prefirieron los logros económicos sobre la igualdad, y negaron la fuerza de lo ancestral.

Muches no lo ven, no creen que sus antepasados sean los aborígenes de estas tierras, ni tampoco se identifican con el gaucho, ni conocen lo suficiente su historia para hacerla memoria, para apoderarse y empoderarse con ella. Niegan ese dolor, porque no lo han podido mutar y mutar en creación, como hace la semilla cuando los vientos son adversos, o durante tormenta, o en la sequía.

Épico es el arte que crea memoria de los primeros días de una cultura, mientras que el hombre occidentalizado ha fijado la historia en bienes materiales, conquistas y batallas. Reconocer y aceptar que la épica, es decir, la literatura fundante del Martín Fierro, mostró la persecución, la desaparición y el genocidio del aborigen y del mestizo autóctono, es un principio prometedor. Es empezar a poner en diálogo, a través del lenguaje simbólico a los sujetos que nos habitan, y sentar las bases del conflicto de intereses con nosotres mismes como pueblo.

Para abordarla tenemos el lenguaje simbólico, cuyo despliegue implica un juego complejo entre el sujeto y su subjetividad, un hecho creativo; sobre todo lo vemos en la expresión artística. Teñida de una concep­ción cultu­ral común, por lo que afianzamos su aspecto colectivo, elige su forma, su destinatario y su consenso. La pensamos en tér­minos de reciprocidad, formando el piso simbólico a veces utópico, a veces popular, siempre ancestral.

Somos mestizos, entrelazades indisolublemente con la Pacha Mama, en sangre y savia, comprometides a un ideal colectivo, comunitario, como nos explica Rodolfo Kusch en “Geopolítica del hombre americano”, donde nos trueca la idea de universalidad por la de estar situado.

Existe un arte con tono e intención didác­tica y ape­lati­va, despreciado por quienes reivindican un arte descomprometido y universal: es el arte situado, un arte pragmático o utilitario donde prima, a través del sujeto, la mirada de la comunidad en lugar de la del individuo. Hablamos de un sujeto no disociado de su territorio, de su familia, de su historia ni de sus mayores, que fija a través de la creación la pertenencia sin clausurarla y protege simbólicamente a sus integrantes. Esa actitud creativa apela, educa y denuncia las expresiones de la vida en comunidad y, sobre todo, no rechaza las crisis ni las catástrofes. Se inspira en el accionar del pueblo como un colectivo de semejantes sentires, reconoce que las emociones, los dolores son comunes, y padecen los condicionamientos del grupo.

El arte situado hace un espacio en la memoria porque opera con símbolos que tienen una fluidez de diálogo interior, de empatía entre los habitantes que componen la comunidad. Sale del sujeto creador con la impronta de una semilla: viene de la tierra-territorio, se extiende, florece y fructifica con esa genética.

La creación situada añade a su mate­rialidad la histo­ria, la utilidad, la personalidad del su­jeto, con­tiene una utopía, es el lugar de un no lugar. Hay un hilo invisible, la ancestralidad que une el pasado y el presente de la obra artística.

Este arte se mueve libremente entre la eternidad y la marginalidad. Es una estética que circula más allá de los ámbi­tos del conocimiento y más acá de la denuncia. Terrible es el olvido o la omisión, porque aquello que queda afuera de la memoria, se transforma en un vacío, en un territorio seco y árido para la vida. El piso simbólico, fértil en seminalidad y creación, se debilita.

José Martí, José Hernández, los poetas gauchescos, tantos poetas fundadores de nuestra América, los narradores del boom latinoamericano, combinaron el encuentro de las procedencias, la extendieron y bregaron por esa identidad mestiza incipiente sin cercenar ninguna.


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Las lágrimas de Pandora

La peste llegó oficialmente a la Argentina con el anuncio del presidente Alberto Fernández, y a partir de allí el miedo comenzó a cambiar todo.

Durante mucho tiempo, la muerte roja había devastado la región. Jamás pestilencia alguna fue tan fatal y espantosa.     

Edgar Allan Poe

Todo empezó cuando Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres. La venganza llegaría en la forma de una caja que las manos vacilantes de Pandora abrieron sin prever sus consecuencias en el tiempo.

Detalla el mito que sobrevino un inmenso mar de tristeza, arrasando la tierra y pariendo en la humanidad la sombra de la muerte. Pandora cerró la caja y solo quedaba allí una pequeña luz llamada “elpis”, la esperanza. Desde entonces las aguas de ese mar se expanden en ciclos, que asombrosamente se renuevan siempre cada ciento veinte años.

Al llegar la aciaga fecha, la maldición escapa de la leyenda, de la fantasía, y traspasa el umbral al mundo de los hombres. Para cerrar la caja se debe atrapar y encerrar a siete demonios, siete males que nadan en las aguas alimentándose de las miserias, del dolor que los agiganta, pero siempre con el temor de volver algún día al encierro de la pequeña caja oval forjada por el mismo Zeus. 

En Argentina tuvimos noticias de “la peste” oficialmente un 20 de marzo, cuando el presidente Alberto Fernández decretó la cuarentena obligatoria. La guerra había comenzado y el enemigo era una especie de “alien” microscópico e invisible. A partir de allí, el miedo comenzó a cambiar el mundo. Barbijos convertidos en hiyab retrataban las calles vacías; la incertidumbre y el recelo crecían al mismo tiempo que los “aliens”. 

Recuerdo que  una noche llegaron ambulancias con médicos que parecían astronautas a revisar a un enfermo del barrio. A partir de ese instante, esa casa y sus habitantes quedaron malditos; la gente cruzaba la calle para alejarse con rapidez.

El temor general dejó a los enfermos abandonados a su suerte, como hacían antiguamente con los leprosos. Los casos se multiplicaron y se buscaron los  culpables en las tiradas de cartas, las runas o la incorporación de espíritus africanos en secretas ceremonias umbandas. Amigos y conocidos de toda una vida se volvieron impuros, herejes, repulsivos portadores de las parcas. 

De tal manera que los malditos y “la peste” invisible podían estar en cualquier parte. 

Las lágrimas de Pandora fueron alcohol. El mundo olía a alcohol y a fuego. Los enfermos no volvían: tras el óbito se quemaban y reducían a un polvo oscuro y nadie podía pedir un diagnóstico detallado. Era parte del protocolo. Se morían por covid-19 y el resto de las muertes perdían su nombre por la pandemia.

La soledad se hizo ley en toda la tierra: sin abrazos, ni besos. Y aún así, en ese desierto, florecía la ilusión de una vacuna que haría terminar pronto esta larga noche de silencios.

En aquellos casos donde el hambre rompió protocolos y advertencias, muchos salieron  a las calles a buscar cartones, hurgar en las bolsas de basura o muñidos de armas a robar a otros pobres. La muerte entonces se volvió roja, como en las visiones de Poe, y el miedo recluyó a las gentes en sus casas. Los noticieros solo hablaban de robos y cadáveres, del virus, y seguramente la eterna tortura de Prometeo hubo de ser más más sórdida al observar las consecuencias de sus actos en el mundo.

Una tarde se llevaron a una familia completa para aislarla del resto del barrio; quién sabe adonde, tampoco nadie pregunta. El paisaje es apocalíptico: negocios cerrados, fundidos, presagios de miseria y la muerte roja caminando con su máscara, simulando un barbijo negro, un hiyab debajo del cual no hay nada, solo un fantasma que se escurrió entre los dedos de Pandora y llegó con las arcanas aguas del tiempo.

A pesar de todo, aún subsiste la esperanza. Esa luz imperceptible,  paradójicamente, sin tener el poder de la vida, es la única que puede enfrentar a la muerte.


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El saber en el medio

Olvidar el rol de los medios en su práctica educativa es uno de los errores que no podemos seguir permitiendo.

“Los vecinos de Villa Freud, fervorosos del prestigio cultural, epidérmicamente aspiran a que el nene resulte un elegido de las musas. Pero suelen descuidar el largo trecho que debe recorrer hasta el devenir intelectual laureado, digno de almorzar con Mirtha Legrand” 

María Elena Walsh (1980)

Este fragmento disparador de María Elena Walsh pertenece a su nota titulada “Infancia y bibliofobia” publicada en 1980 en el diario Clarín. Uno de los temas que nos invita a pensar es sobre la construcción social que le otorgamos a distintos aspectos, en este caso, la educación y el saber.

Debemos proponernos dos opciones antes de empezar: la primera, seguir sorprendiéndonos por los análisis de la sociedad que se realizaban en el siglo XX y su atemporalidad, o comprender que al igual que ayer seguimos reproduciendo las mismas ideas. Pero, no debemos sentir solo culpa de nuestra parte, es por esto que vamos a problematizar, en este caso, sobre los medios de comunicación y cómo estos construyen nuestra visión del mundo.

Analizaremos entonces cómo presentan a los sujetos que priorizan el saber, la educación y el conocimiento. A su vez, cómo invisibilizan y denigran el trabajo docente

Debemos saber que, gracias a los estudios de las ciencias sociales, construimos sentido a través del lenguaje, es decir, que para que algo exista lo debemos nombrar. Por ejemplo, reconocemos un objeto a partir de su nombre y lo asociamos rápidamente en nuestra cabeza. Sucede que, algunas veces, esta asociación es más objetiva que otra (siempre teniendo en cuenta la subjetividad de la cual no podremos librarnos).

Es decir, que si nombro un teléfono de línea, sucederá que tendremos una imagen similar, pero si nombro una araña, algunxs lo asocian con un simple animal, otrxs con un animal que no les gustaría encontrar en su casa, y otrxs que sufren de aracnofobia quizás pasen un mal momento. Entonces,la construcción en la cabeza de estxs tres sujetxs es distinta para con un mismo animal. Dicho esto, veamos qué pasa en el 2020 con esta problemática, de la cual escribía María Elena Walsh en 1980. 

Debemos entender el rol fundamental de los medios masivos de comunicación en la construcción de la identidad de unx docente, unx intelectual, unx alumnx.

“Las raras veces que en TV se representa a un personaje lector, se lo ridiculiza y convierte en el traga, el idiota de la familia. Los anteojos suelen usarse como símbolo de torpeza”, afirma María Elena Walsh.

Veamos el claro ejemplo de la figura del “superhéroe”, un muchacho al que se le ríen en su barrio, que la chica que le gusta ni nota que existe, solamente tiene la aprobación de lxs adultxs, de lxs docentes y/u otros sectores también rechazados de la admiración social. 

Esta situación solamente se resuelve cuando obtiene sus “poderes” y, a través de la destreza física, logra superar obstáculos. 

Olvidar el rol de los medios en la práctica educativa es uno de los errores que no podemos seguir permitiendo. ¿Qué mensaje se permite dar si siempre el aplauso se lo lleva el que más destreza física tiene y, como mucho, el intelectual se lleva una palmadita en la espalda? Luego se pretende que lxs niñxs sean unxs intelectuales, unxs amantes de la lectura y la ciencia, pero jamás se les estimula ese deseo e inquietud por el conocimiento.

Con esto, no se pretende decir que quienes tienen una aptitud deportiva no deben ser felicitados, todo lo contrario. Aquí el error está en que indirectamente se construye la idea de que sólo cumpliendo con ciertos aspectos característicos unx logrará la aceptación y aprobación social.

El personaje de TV inteligente, que soluciona problemáticas a través de la matemática, por ejemplo, debe tener rasgos físicos que cumplan con los cánones de belleza, y aquí nuevamente comienza otro debate de construcción sobre el cual, por ahora, no entraremos.

Para los siguientes dos ejemplos, nos alejaremos de la ficción para sumergirnos en los programas de noticias.

Debemos entender que así como el lenguaje construye, también invisibiliza y, lo que es aún peor, nombrando X no nombra Y. Básicamente esto quiere decir que, cuando yo digo que algo está seco, también estoy diciendo que no está mojado; cuando digo que algo está caliente también digo que no está frío, y así sucesivamente.

Ese “decir, sin decir”, ese lenguaje indirecto que constantemente estamos utilizando, nos lleva a pensar qué nos dicen los noticieros, diarios y radios cuando nos cuentan que “van a retomar las clases”. Si algo va a retomar, ¿estuvo detenido? ¿No hubo? Entonces en la palabra “retomar”, utilizada en varias ocasiones por los medios argentinos durante el aislamiento social, preventivo y obligatorio, ¿no invisibiliza el trabajo de lxs docentes?  Si se retoma, es porque no hubo clases, si no hubo clases, ¿qué estuvieron haciendo lxs docentes todos estos meses?

El trabajo de los medios de comunicación, que luego de mostrar cómo unx maestrx camina ocho kilómetros para dar una clase en Jujuy, muestra una nota para ofrecerse como docente voluntarix para hacerle frente a la protesta de lxs trabajadorxs de la educación en tiempos de reclamos salariales, entre otros, es realmente confuso.

Sin ánimos de señalar, ni acusar, pareciera que desconocen el poder de la comunicación en la construcción y producción de sentido. ¿Qué mensaje damos si mostramos como heroico el trabajo que realiza unx maestrx en el interior de la provincia por la ausencia del Estado, y encima luego, en vez de difundir el reclamo de lxs trabajadorxs de la educación, se muestra la idea de suplantarlxs con personas que no están preparadas para pararse frente a 30 personas a explicar una materia?

No debemos subestimar el poder de la comunicación, no solo de los medios. Aceptemos la invitación de María Elena Walsh y tantos otrxs autoresx. Por ende, lxs invito también a problematizar constantemente sobre qué estamos construyendo, qué decimos cuando callamos y, aún más importante, qué se invisibiliza cuando hablamos.


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