Juego de mamushkas


Solo la liberación nacional y social, la emancipación de la comunidad, permite superar las desigualdades entre el “centro” y sus sucesivas periferias: países más o menos dependientes, territorios dentro de países, márgenes sociales. Un juego de mamushkas, de periferias dentro de otras, donde el atraso socioeconómico de las comunidades queda encapsulado en el discurso descentralizador, maquillaje para las debilidades del federalismo y la redistribución.

  • Por Néstor Martiarena, exclusivo para Revista Omago

El derecho al desarrollo es mencionado por primera vez en la Constitución de la República de Weimar de 1919 [1], que establecía la organización de la economía según principios de justicia, vida digna de las personas y libertad económica de los individuos. A partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948, junto a los denominados derechos civiles y políticos, se incluyeron también los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales.

Pero según qué se entienda por economía, el derecho al desarrollo tendrá distintas interpretaciones. Una cosa es definir la economía basándola en un sujeto individualista y maximizador de ganancias. Otra es pensarla estructurada en torno a lo colectivo, lo solidario y lo cooperativo [2].

Estos juegos de sentido debidos a la perspectiva ideológica y ontológica se expresan también en las diferentes teorías sobre el desarrollo económico de las naciones. El modelo liberal o clásico elige ocultar las desigualdades entre naciones y entre clases y reduce todo a política monetaria y dinámica comercial de libre mercado. Mientras que la teoría de la modernización requiere la intervención estatal para dinamizar los desequilibrios del mercado y el empleo, aunque sigue confundiendo crecimiento o aumento sostenido de la renta nacional, con desarrollo; el cual, en verdad, requiere redistribución de la riqueza.

Un primer paso hacia una concepción económica más crítica fue el modelo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) que, corriéndose del monetarismo, consideró la desigualdad de las estructuras productivas y de las relaciones económicas entre países. Los países periféricos, primarizados y extractivistas, se encontraban en desventaja respecto a las naciones “centrales”, manufactureras y tecnológicas. Desarrollar implicaba, entonces, industrializar y sustituir importaciones.

Luego, la teoría de la dependencia expuso, aún más críticamente, cómo el subdesarrollo no era una etapa evolutiva sino un efecto histórico de la dominación impuesta por el imperialismo. Para que un país se desarrollara debía alejarse de la lógica capitalista y de los países dominantes, para iniciar procesos socialistas y emancipatorios.

Desde los años 70, justificado por la crisis petrolera, las nuevas tecnologías en la producción, la creciente globalización y el sistema financiero mundial, el neoliberalismo impuso nuevamente el protagonismo del mercado. Augusto Pinochet, dictaduras, “Chicago Boys”, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, “Consenso de Washington” a fines de los 80, sus Bush y sus Menem, sus De la Rua y Macri. Desregulación económica, no intervención del Estado y los dioses “competitividad”, “flexibilización”, “eficiencia”, en verdad encubriendo la reacción de las oligarquías locales.

El modelo neoclásico, en su intento de cambiar para no cambiar, inventó nuevas trampas de sentido, etiquetas que se pusieron de moda: calidad institucional y neoinstitucionalismo, transparencia, desarrollo sostenible, desarrollo humano, desarrollo local o territorial, gobernanza, entre otros.

El desarrollo económico local se define como el proceso de transformación económica y social de una comunidad, un territorio o una ciudad. Exige identificar, aprovechar y promover potencialidades y recursos endógenos: económicos, políticos, humanos, organizacionales, cognitivos, históricos, culturales, institucionales, formativos. Que necesitan gestionarse estratégica y coordinadamente entre los diferentes agentes públicos, del “tercer sector” y privados. Cada territorio, según su idiosincrasia y su capacidad transformadora, se organiza y planifica su propio desarrollo, buscando el buen vivir de la población. Como sabe, como puede, como quiere, como se lo permiten.

Si la impronta es neoliberal y de dominación, el “desarrollo local” convertirá al sector privado y la cultura del emprendedurismo individual en el centro de las políticas, mientras la mayoría de la población sigue estancada. Si el desarrollo local, en cambio, se gestiona en perspectiva de soberanía popular, se fortalecerán actores comunitarios y públicos, las prácticas cooperativas y solidarias, la economía social y el entramado colectivo.

La cooperación norte-sur que promueve el neoliberalismo, solo puede derivar en subordinación al “benefactor” y reproducción de las relaciones imperiales [3]. Planteado así, el “desarrollo local” es la punta de un tentáculo del capitalismo global.

Solo la liberación nacional y social, la emancipación de la comunidad, permite superar las desigualdades entre el “centro” y sus sucesivas periferias: países más o menos dependientes, territorios dentro de países, márgenes sociales. Un juego de mamushkas, de periferias dentro de otras, donde el atraso socioeconómico de las comunidades queda encapsulado en el discurso descentralizador, maquillaje para las debilidades del federalismo y la redistribución. Así, el ámbito local pasa a convertirse en un nodo de la lucha antiimperialista. El desarrollo local alternativo implica, en cambio, la posibilidad de hacerlo “desde abajo”, endógenamente, desde la comunidad, de manera revolucionaria.

En el intento de silenciar y someter las identidades y movimientos que emergen de las realidades locales, el neoliberalismo ha instalado la mentira de que la globalización y el mero crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) constituyen el único camino posible. La economista Silvia Gorenstein [4], tomando el caso argentino, lo esclarece de la siguiente manera: “el norte del país puede considerarse un ejemplo apropiado de las intermediaciones económicas y políticas que, desde la etapa del Consenso de Washington, acompañan a las facciones del capital que hoy comandan la explotación de los recursos naturales, perpetuando la dinámica de primarización económica y profundizando los mecanismos de extracción del excedente generado en diferentes territorios”.

La globalización interfiere en lo local. En lo económico, como factor de desarrollo exógeno; en lo político, lisa y llanamente, como injerencia externa en asuntos internos, operada por empresas extractivas transnacionales, agencias financieras internacionales u organizaciones no gubernamentales que funcionan como Caballos de Troya de la inteligencia imperialista, como la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés).

En un escenario como este, para lograr auténtico desarrollo local, nacional o regional, fue indispensable idear, militar e implementar alternativas surgidas de la identidad, el empeño y la creatividad de la sociedad organizada, orientadas por la soberanía popular. Por eso, reaccionando a estas resistencias y alternativas emergentes en Latinoamérica y otras partes del mundo, el neoliberalismo estilizó su discurso, disfrazando mediante teorías supuestamente humanistas, sus prácticas de arrebato y despojo. Introdujo conceptos como desarrollo humano y capital humano, con obscenas limitaciones para ocultar sentidos propios del pensamiento económico neoclásico. Un elefante agresivo en un bazar, es eso, aunque el relato nos quiera imponer que es un pequeño, bondadoso y frugal unicornio poni.

La noción de desarrollo humano fue acuñada en los 90 para sumar, junto al crecimiento del PBI, “nuevas” dimensiones del desarrollo útiles para seguir evadiendo el debate sobre la justicia distributiva: la naturaleza de la vida de las personas, la expansión de sus conocimientos y libertades, su capacidad para lograr metas [5]. Claramente una concepción liberal, egocéntrica y funcional a la concentración de la riqueza.

Desde una perspectiva crítica, como la de Nelly Manjarrez y Lineth Fernández [6], términos como “capital”, “riqueza”, “patrimonio” o “caudal” para referirse al ser humano, implican darle a este el tratamiento de una mercancía. Al hacer que el desarrollo dependiera de las capacidades individuales, lo humano quedó reducido a un capital. “Capital humano” significa asumir la explotación de la fuerza de trabajo.

Es posible, en cambio, asumir la importancia del factor humano para la economía y el desarrollo, pero en armonía con la comunidad, las personas y el ecosistema. La cubana Silvia Odriozola Guitart [7] propone una categoría alternativa, la de potencial humano: “…el conjunto de conocimientos y valores asimilados por las personas, que contribuyen al mejoramiento de sus habilidades productivas y creativas, a la ampliación de sus capacidades para participar de forma consciente en el proyecto social del cual forma parte y a su realización plena como individuo”.

La noción resulta superadora, al colocar a la cultura y la comunidad como matrices fundamentales de dicho potencial, ya no exclusivamente depositado en el individuo, sino orientado al desarrollo colectivo.

Esta perspectiva también considera fundamental la inversión educativa, pero siempre bajo un modelo pedagógico construccionista, participativo y democrático. Y promueve, además, la inversión en salud, prevención, nutrición, cultura, deporte, implicación en la trama social y comunitaria. El auténtico desarrollo estratégico local solo es posible cuando se promueven espacios formativos y de interacción caracterizados por la cooperación, práctica clave para promover la organización social, la creatividad y la innovación con rasgos locales diferenciales y claramente asentados en el buen vivir colectivo.

Por último, el potencial cognitivo y axiológico de un territorio nunca será por sí solo una panacea. Es fundamental integrarlo en un proyecto nacional, regional y continental de características geopolíticamente emancipatorias e ideológicamente orientado a la plenitud humana y el respeto al medioambiente y la diversidad. Es decir, un gran plan sistémico superador del esquema de acumulación y violencia imperialista. Si dichas condiciones no se alcanzan, a lo sumo existirá crecimiento económico en un contexto alineado (o alienado) a los intereses de los sectores dominantes. Pero no desarrollo enmarcado en, y orientado hacia la propia identidad y bienestar, en armonía con la identidad y bienestar de otrxs.

La experiencia de transformación social desde la comunidad liderada por la Organización Barrial Tupac Amaru en Jujuy es un claro ejemplo de gestión de desarrollo local alternativo, estratégico y en perspectiva de potencial humano. Su construcción consideró las identidades, valores, conocimientos y capacidades de la comunidad, potenciándolos en sus acciones de prevención, salud, recreación, cultura, espiritualidad andina. Se promovieron la adquisición y desarrollo de saberes a lo largo de toda la vida, creando guarderías, colegios y centros de formación técnica y profesional. Siempre alentando diversas formas de manifestación de la cultura y el potencial locales. Siempre desde la comunidad y para la comunidad.

La experiencia concreta, más cuando nace desde el pie, les da sentido a las palabras. Hace que las teorías sean más potentes, porque además de quedar demostradas, pueden mejorarse como efecto de la praxis. El buen vivir, el desarrollo alternativo centrado en el potencial humano, es un hecho. En Abya Yala sobran los ejemplos. Solo resta proyectar y multiplicar su realidad.


[1] J.A. Cruz Parcero, P. Larrañaga Monjaraz y P. Rodríguez, Derechos económicos: una aproximación conceptual (LC/MEX/TS.2019/15), Comisión Económica para América Latina y el Caribe/Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CEPAL/CNDH), 2019, p.110. Disponible en: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/44846/1/S1900863_es.pdf

[2] J. Jongitud Zamora, El derecho al desarrollo como derecho humano: entre el deber, el ser y la necesidad, Cuadernos Constitucionales de la Cátedra Fadrique Furió Ceriol N° 36/37, Valencia, 2001, p.234. Disponible en: https://www.corteidh.or.cr/tablas/r23303.pdf

[3] G. Dabat, Políticas Municipales de Comercio Exterior como instrumento de desarrollo local en la Argentina (1991 – 2005). Alcances y límites, Tesis doctoral, Capítulo I, UAZ, México, 2007, p. 6.

[4] S. Gorenstein (Org.), ¿Crecimiento o desarrollo? El ciclo reciente en el norte argentino, Miño y Dávila, Buenos Aires, 2012, pp.23-24.

[5] A.K. Sen, Human Capital and Human Capability. En S. Fukuda-Parr y A. Kumar Shiva, A (Eds.), Readings in human development. Concepts, measures and policies for a development paradigm, Nueva York, Oxford University Press, 2003. Disponible en: https://www.staff.ncl.ac.uk/david.harvey/AEF806/Sen1997.pdf

[6] N. Manjarrez Fuentes y L. Fernández Sánchez, Reflexiones sobre el concepto de capital humano desde la Teoría Económica: valoración. Contribuciones a la Economía, abril de 2014. Disponible en: https://www.eumed.net/ce/2014/2/potencial-humano.html

[7] S. Odriozola Guitart, Un análisis del potencial humano territorial en Cuba. Economía y Desarrollo, 147 (1), enero-junio de 2012, pp.124-149. Disponible en: http://www.redalyc.org/pdf/4255/425541205007.pdf


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