Diego es pueblo


Maradona es (sí, en presente) el futbolista más grande de todos los tiempos, y no solo le pertenece a los argentinos. Es del pueblo, de todo el pueblo, sin importar su nacionalidad. Se convirtió en un fenómeno cultural, en esperanza, en identidad, en conciencia de clase y racial, en símbolo de lucha, en sinónimo de alegría, en un verbo con muchas formas y maneras de conjugarlo.

Recuerdo la primera vez que supe sobre Diego Armando Maradona. Fue por allá en 1993, en Caracas, mi ciudad natal. Tenía ocho años y era la primera vez que en casa había una tele a color con programación paga.

Mamá había contratado el plan más barato, el único que podía costear, que tenía solo quince canales. Emocionado, comencé a pasarlos con el control remoto y llegué a un canal deportivo yanqui, muy conocido hoy, donde transmitían un especial sobre Mundiales.

Entonces lo vi, dando asistencias ante los coreanos; anotando el gol para empatar con Italia; despachando a un búlgaro para tirarle un centro a Jorge Burruchaga y liquidar el partido; gambeteando uruguayos; la “mano de Dios”, el “gol del siglo”, Inglaterra destrozada; dos golazos a Bélgica; final con Alemania, y Argentina campeona del mundo en 1986. El tipo era un fenómeno.

Hasta ese momento jamás me interesó el fútbol, casi no lo conocía. Era chico, y en Venezuela el deporte nacional es el béisbol. La mayoría de los juegos se basan en pegarle a una pelotita con la mano o con un bate, es lo que te inculcan. Pero Maradona pudo entrar y quedarse en mi mente, plantar ese efecto discordante contracultural: ¿fútbol? ¿Otro deporte? ¿Otra forma? ¿Con los pies?

Desde ahí, en los recesos de la escuela, me hacía una pelota con un cartón de jugo y una bolsa, e invitaba a mis compañeros a jugar con los pies, en contra de lo aprendido. En mi imaginación yo siempre era el Diego, realmente me lo creía. Quería gambetearlos a todos, marcar con la mano y ganar el Mundial. No soy argentino, obviamente, tampoco tenía semejante talento, pero me sentía Diego.

Le debo a él mi amor por el fútbol. Con su partida lo lloré, y siento que este deporte no volverá a ser igual. Incluso antes del fatídico 25 de noviembre ya entendía que Maradona es (sí, en presente) el futbolista más grande de todos los tiempos, y que no solo le pertenece a los argentinos. Es del pueblo, de todo el pueblo, especialmente de los que juegan con pelotas de cartón y bolsa, sin importar su nacionalidad.

Nadie, jamás, nunca, entenderá el orgullo y la emoción que sentí todas las veces que lo vi usar una gorra con el tricolor y las ocho estrellas de la bandera de mi país. Más que una posición política (que lo era), fue su forma de apoyar y tomar parte en una causa que asumió como suya. Sin complejos, sin pendejadas, sin dogmas. Así era.

Diego Armando Maradona con la gorra de Venezuela (Foto: EFE)

A diferencia de Eduardo Galeano, no creo que Diego fuera un dios, de ninguna forma. Por el contrario, fue el ser humano más humano que pudo existir. Y aun siendo tan humano, con errores, polémicas, excesos, posturas que pudieran no gustarle a muchxs, sin elegir ser ejemplo de nada, se convirtió en un fenómeno cultural, en esperanza, en identidad, en conciencia de clase y racial, en símbolo de lucha, en sinónimo de alegría, en un verbo con muchas formas y maneras de conjugarlo.

De ningún modo olvidó su origen obrero, su infancia en la casita de Villa Fiorito, en Lomas de Zamora, al sur del Gran Buenos Aires, donde comenzaron sus sueños. Y aunque pudo salir de la miseria gracias a su talento y a su trabajo, siempre apoyó y estuvo del lado de la clase trabajadora, de los más necesitados, y abogó por su bienestar en cualquier parte.

Diego en su casa de Villa Fiorito (Foto: Instagram oficial)

Incomprendido, cuestionado y quizá equivocado, se ganó el amor de la gente, de mucha gente, en Argentina y en el mundo. Gente que salió a devolverle, en la Casa Rosada, en Nápoles y en muchos otros lugares, un poco de lo que él les dio durante tanto tiempo, sin que nada les importara. Es que cuando el amor es verdadero todo lo trasciende y nada importa, ni siquiera una pandemia. Algunos, muy pocos, nunca entenderán de esas cosas.

Por eso Diego es pueblo, y ahí se hizo eterno.


¿Te gustó la nota?

En Omago tenemos un compromiso con los derechos humanos y el pensamiento crítico. Contamos con vos para ayudarnos en esta tarea.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: