Las brujas que vos matáis II: De pócimas, emplastos y sonajas


La labor de la medicina ancestral es la participación de sujetos que van a establecer una relación por el tiempo que dure la cura. Como no es un saber cuantificable, la ciencia capitalista lo subestima y a aquel que lo practica, lo persigue. El mal era la bruja, no quien tenía la enfermedad.

Para sentipensar en medicina ancestral hay que empezar con el cuerpo.
Indivisible, es masa pero también sonido, vibración, luz, aire; y en todo su espectro está la enfermedad o la salud, porque el cuerpo está y está en el vínculo, en el territorio y en la comunidad. Y más aun, sigue eternamente conectado con los ancestros.

Dije indivisible pero sabemos que a través de la mente colonial se lo reduce a partes, y a esas partes se las ensalza o desprecia. Fue y es violentado por miradas desgarradoras y omnipotentes que categorizan la utilidad del cuerpo, su función productiva. Entonces, queda alejado, amurallado, con el obstáculo de poder pensarse.

Se distorsiona el entorno, se siente extrañado, no se reconoce y se enferma, quizás hasta para poder adaptarse. Si se siente rechazado, cambia y se autodestruye. Es que el cuerpo debe simbolizarse para estar, ¿y cómo hacerlo si solo se privilegia el aspecto consiente de su presencia?

El cuerpo se relaciona con la comunidad, con la naturaleza, con la comida, con los afectos, con la familia que impartió los primeros cuidados. Sin embargo, en el mundo moderno se minimiza la comida, se esconde la enfermedad, se expone el cuerpo como objeto, se sexualiza el afecto.

En su afán por no sufrir dolores “aspira a construir su doble inmortal, una especie artificial sin precedentes”, un cuerpo que no dé trabajo, que no sienta más que lo placentero.

“Pierde de vista su autoconservación como ser vivo y ser espiritual, pone un punto límite a la selección natural por sobre la artificial”, sostiene el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard [1].

Quiere ser inmortal, y como sabe que su cuerpo no puede, lo desprecia. El cuerpo así concebido es un lastre. Así pierde el hilo con su ancestralidad y con el cuerpo común que tiene con la naturaleza, con el territorio, y sobre todo con la comunidad. Porque el territorio es una construcción colectiva del que lo habita.

Para volver a tener contacto aparece la mediadora; es el punto donde se necesita una guía. La medicina no es solo brebajes que se compran, se debe reestablecer el vínculo perdido, y retornar a la seminalidad es un camino difícil, hay que llamar a un ser de sabiduría. Seres de poder.

El pensamiento colonial sabe que negando lo sagrado (por herejía), lo ancestral (por demoníaco) y lo comunitario (por rebelde) eliminaba parte de la fuerza de los pueblos originarios y de cualquier otro grupo humano.

La bruja, el chamán, el machi, lanza la piedra que va a sonar como eco y le va a traer la causa de la enfermedad. Y así también la va a alejar, pero antes pide permiso para actuar como sanadora. Se ha generado una tensión, una lesión, una herida que debe ser reconstruida en el espacio propio, su piso simbólico de creencias.

La labor de la medicina ancestral no es una combinación de objetos, es la participación de sujetos que van a establecer una relación por el tiempo que dure la cura. Primero hay que purificar, luego abrir la percepción para entender el camino y después asociar hierbas y animales al alma y al cuerpo para que se equilibren. El/la enferme retornará a su mundo complejo de fuerzas pero ahora las podrá enfrentar.

Como no es un saber cuantificable, la ciencia capitalista lo subestima y a aquel que lo practica, lo persigue. Ejerce violencia a toda la institución de la medicina basada en los saberes ancestrales, ha sembrado el escepticismo, una disposición nefasta, hacia la comunidad. Asoció la palabra superstición a la locura, al envenenamiento, a la estafa. El mal era la bruja, no quien tenía la enfermedad.

Dejó de lado otros aspectos del cuerpo y solo se avocó al organismo. Sin embargo, si no se cura el paisaje, si se trata mal a nuestros hermanes animales y se cree en el poder de las plantas, también se vulnera el cuerpo porque la naturaleza tiene los mismos ritmos, las mismas necesidades, los mismos cromosomas, la solidaridad ecológica.

Las brujas tienden su estar de puente y nos curan con sus cantos una vez más.


[1] Baudrillard, Jean – La ecología maléfica, pág 51-58, Revista Caronte Filosofía Año 2, número 3, septiembre 1993. Editorial Altamira, Buenos Aires.


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