Uno de sandinistas


Relato ganador del primer premio al “Cuento corto Iberoamericano 2017”.

Luce se miró por el reflejo de la vidriera. La imagen nítida de su cuerpo ceñido dentro del impermeable la hacia fantasear ser la heroína del “Halcón Maltés”.

Abrió el abrigo para arreglar su vestido, el escote mostraba la turgencia de una costosa operación (el bisturí logró lo que miles de horas de gimnasio no habían conseguido).

Observó que las medias no se hubieran corrido, y subió su falda mostrando para sí las piernas musculosas.

Gozó sabiendo que gustaría, con la seguridad de haber gustado.

El maquillaje estaba bien (poco), su rostro anguloso haría todo lo demás.

Apuró el trámite, el cliente esperaba y el Gaitán se ponía nervioso cada vez que llegaba tarde a una cita.

Impuntualidad y “negocio” no se llevaban de buenas.

El recibidor del hotel mostraba el usual ajetreo de conferencistas, políticos, empresarios y profesionales como ella.

Varios hombres se dieron vuelta para verla y supo con certeza que la puesta en escena de esa noche sería un éxito.

Repasó su entrada y los datos que la agencia le había dado del hombre.

Ella ya lo conocía; la fiesta de la Embajada había sido la causa precisa para que Gaitán montara la mascarada.

Su jefe sabía cómo acceder a ese tipo de hombres que manejaban los tiempos del país entre coito y coito.

Un cruce, un choque inequívocamente preparado, los hizo mirarse a los ojos y pedirse mutuamente disculpas.

El resto fue estrategia y táctica femenina.

Pequeñas miradas, solo un segundo de más.

Avances, retrocesos; el baile frenético de espiarse y ser espiado.

Su rostro lo sedujo, sus pechos confirmaron.

Un cigarrillo y la vista perdida fue la excusa de un primer susurro.

Ella sonrió ante el atrevimiento masculino y sintió el deseo profundo del otro.

Llevó la seducción al extremo.

Sabía al varón sujetado por sus genitales.

Sugerir que la urgente necesidad podía ser correspondida con una decisión, la de ella sola.

Un sí le daría el absoluto dominio sobre los ritmos y pulses masculinos.

Al momento, tomó sus cosas y se retiró. Dejarlo al límite era su intención,
Gaitán haría todo el resto: precio y lugar; oferta y demanda; valor de uso y valor de cambio.

El hombre decidió que sería en su propio hotel, y así sería.

Se hizo anunciar y el conserje, cómplice, le guiñó un ojo.

Lucero lo miró pícara, altiva, expuesta.

Lo vio por el reflejo del espejo del salón principal, tocándose fálicamente su corbata, sabiéndolo pensar que algún día ese tipo de mujeres serían para él. Sonrió por la ingenuidad del empleado y se mojó los labios con lujuriosa intención.

El ascensor estaba vacío. Repasó la tarjeta con el perfil del hombre. Sabía qué pediría y también sabía qué daría.

Golpeó la puerta con delicadeza; esta se abrió con la impaciencia de quien está al borde.

Se deslizó al interior de la habitación, solo rozándolo.

Sintió el suspiro.

Él estaba nervioso. Se preguntaba qué estaba haciendo con esa mujer que sintetizaba cualquier fantasía.

Temblaba, era un niño inexperto, y eso hacía el negocio un poco más interesante.

El hombre fuerte del Banco Mundial. Quién lo diría, no parecía más que otros, solo un poco más patético.

Caminó despacio hasta la cama; despacio también se saco su impermeable. Su cuerpo estaba pegado a la tela del vestido, se adivinaban sus formas.

El hombrecillo del Banco estaba a punto del desmayo.

Él no contaba, el acto era solo para ella.

Miró su sombra en la pared y lento, muy lento, dejó caer su ropa.

La lencería era importada como su perfume de puta cara.

El brillo negro de sus ligas de seda desviaba cualquier distracción.

Avanzó hacia él mirándolo a los ojos sin pestañar y lo empujó contra la pared.

Se arrodilló.

La cremallera del cierre pareció volar por el aire.

Un segundo después tenía el miembro en su boca.

Lento y acompasado besaba, lamía, mordía, con exacta precisión.

De tanto en tanto lo miraba, lo penetraba con sus pupilas mientras succionaba embriagada.

No lo dejo acabar, nuevamente lo llevó al límite.

Se retiró dándole la espalda y sonriendo se acostó en la cama.

El hombre trastabilló con su propia ropa y terminó por desvestirse en el piso.

Luce lo miraba mordiéndose los labios.

Pelado y gordito, era la viva impresión de un bebé gateando hacia su madre.

La idea incestuosa la excitó.

Él le pidió que no se sacara las ligas y ella accedió condescendiente.

Él sacó el sostén y sus pechos glamorosos llenaron el horizonte del bancario mundial.

Lo volvió a empujar. El hombre quedó acostado en la cama, de frente a ella.

Abrió su body, sentándose sobre él.

Sintió el poder absoluto de la situación, él gimió arañando el placer.

Lucero miro la cartera en la silla cercana y se estiró para tomarla, él la interrumpió:
“Sin juguetes ni sorpresas”, dijo.

Rutinaria volvió sobre él.

Pensó en el poder, sobre todo en el que tenía el gordo que estaba debatiéndose bajo ella.

Cómo haría ese hombre para decidir los destinos de tantos hombres. Cuánta guerra, cuánta hambre.

Miró la cartera.

Ahora rápido… ahora lento. “¿Ves gordito?”, pensaba, “yo tengo el poder, yo te llevo a cualquier parte…”

Inclusive, a la misma muerte.

Miró la cartera, después su reloj. “Dos minutos y sonará el teléfono”, pensó.

Solo unos minutos más, la “orga” se estaría ocupando de todo.

El conserje desaparecería (una hora y un lugar equivocado para un pobre hombre), las circunstancias así lo exigían.

Sonó el aparato, era la hora.

Luce, tomó rauda la cartera y sacó el arma, tenía puesto el silenciador que la hacía mucho más importante.

Pensó en el poder, en aquellos que no lo tenían, los despojados, los que quedaron fuera del mundo.

Pensó en la revolución, acelerar el proceso, agudizar las contradicciones.

Apuntar directo a la cabeza y entre los dos ojos, justo sobre la base superior de la nariz, tal como le habían enseñado en Managua.

Pensó en las bombas que caían sobre su pueblo, los chicos quemándose por el Napalm.

El gordito todavía gozando no habría los malditos ojos.

“Mirame, hijo de puta”, dijo…

El gordo se sobresaltó, ella, nuevamente, empezó a moverse con ritmo y cadencia.

Gozaba la situación, sentía el poder del mundo entre sus piernas.

“Por la Patria”, dijo, y disparó al mismo tiempo que acababa.

Las dos en punto y “el Gaitán” entró en la habitación con el limpiador de la “orga”.

Era el momento de despedirse del blanco. Desparramado en la cama, sangraba.

Un púrpura tercer ojo lo invitaba a ver más allá.

Bajaron por la escalera de servicio, sin ser vistos.

En el baúl del Mercedes estaba el cuerpo del conserje.

“Un mal día”, pensó.

Ya en el importado, miró a Gaitán, que de reojo le observaba las piernas y ella nuevamente sonrió.

Todavía mantenía el poder…


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1 comentario

  1. Un relato profundo , bien pensado .Rompe con lo conocido, para generar nuevas opciones de pensamiento crítico. Invita a pensar que el poder no es eterno y lo ejerce el menos pensado con un gran sentido de oportunidad. Me encantó!..

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