Patíbulo


Breve historia de las ejecuciones públicas en la Plaza de Mayo.

La Plaza de Mayo, como lugar de reunión ciudadana por excelencia de la historia argentina, ha sido testigo de muchos hechos que se han perdido en el olvido; entre ellos la sombría historia de las ejecuciones públicas que se dieron en ese lugar.

Las mismas comenzaron en la época colonial, en el año 1580, con la instalación de un patíbulo con una horca en el rincón oeste (actual esquina frente a la Catedral) de lo que por entonces se conocía como Plaza Mayor. Hacia el año 1607, el empleo oficial de verdugo de la ciudad de Buenos Aires era recompensado con $1,50 para el caso de tormentos, y con $2,50 más la ropa del reo en caso de condena a muerte.

Las ejecuciones de delincuentes comunes (ladrones, asesinos, etc.), ordenadas por Jueces Reales, eran habituales y se podían producir por ahorcamiento, garrote vil o fusilamiento. En el caso de un hijodalgo, y tal como ocurrió en el año 1631 con Dn. Pedro Cajal, el primer “boquetero” del Río de la Plata (mediante ese método sustrajo, con otro cómplice, $9.400 de la caja del Cabildo) y como no podía ser ahorcado, la pena era la decapitación. En todos los casos, las ejecuciones eran con público y los cuerpos se exhibían luego durante algunas horas en la plaza para ejemplo y escarmiento del resto de la población.

Luego los cadáveres eran llevados, muchas veces arrastrados por caballos, a su lugar de entierro. No había cementerios públicos, por lo que los de clase alta eran inhumados en los terrenos de las Iglesias y los pobres se enterraban en cualquier baldío, como el que existía en el llamado “Rincón de la Ánimas” (actual solar del Banco Nación, frente a Plaza de Mayo).

Producida la Revolución de Mayo y con posterioridad a la misma, la plaza siguió siendo el lugar preferido para las ejecuciones, especialmente la de las personas que se revelaban contra las autoridades oficiales. En ese lugar, por ejemplo, el 10 de diciembre de 1811 fueron fusilados diez soldados del Regimiento de Patricios, en lo que se conoció como el Motín de las Coletas. Al año siguiente (6 de julio) se ejecutó a Martín de Álzaga y sus cómplices, levantados contra el Primer Triunvirato.

En marzo de 1823 se ejecutó a los amotinados contra el Gobierno de Bernardino Rivadavia. El 25 de octubre del año 1837 se produjo la ejecución de quince personas a los cuales se los acusó del asesinato de Facundo Quiroga. Los cuerpos de los cabecillas, los dos hermanos Reynafé y José Santos Pérez fueron luego exhibidos colgados, frente al Cabildo, durante seis horas.

Dicha imagen fue inmortalizada en una litografía de la época, de la artista Adrienne Macaire (esposa del pintor César Hipólito Bacle). Sobre las paredes del Cabildo se observan tres asientos de madera, con rastros de sangre. En los mismos habían sido maniatados los fusilados para su ejecución.

Ejecución de Vicente y Guillermo Reynafé y de Santos Pérez, litografía por Adrienne Macaire, 1837 (Foto: María Lía Munilla Lacasa)

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