Lo bello y lo injusto


De cómo la historia de la novela “La Perla”, del estadounidense John Steinbeck, está más vigente que nunca.

John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968), con la ingenuidad de los que ven desde la esquina de enfrente la desgracia ajena, escribió una novela corta sobre una historia que había llegado a sus oídos en un viaje a México.

Kino, un indígena que ve aparecer entre sus manos a aquella llave que abre las puertas de la superación, de la educación, de la ropa caliente, de la casa digna. “¡He encontrado la perla del mundo!”, dice Kino cuando se da cuenta de la belleza de su descubrimiento y cuando entiende lo mucho que iba a valer en el mercado de perlas de su pueblo.

Kino no dijo: “seré rico, seré poderoso, seré inalcanzable”; al contrario, sus sueños se construían a partir de la idea de que aquella perla le daría la oportunidad a Coyotito, su hijo, de un futuro sin carencias.

La primera vez que leí La Perla no pude estar más de acuerdo con el final, ante lo que consideraba la codicia de Kino. En su intento por vender aquel objeto perdió todo lo que tenía, su casa, su barca, su libertad, y sobre todo, a su hijo. “¿No podía quedarse con lo que tenía y ser feliz?”, me dije. Desde ya, un pensamiento naif.

La novela comienza con Coyotito enfermo y el doctor del pueblo negándose a atenderlo porque se trataba de un indígena, y por lo tanto de un pobre. Entonces Kino se pone en la tarea de encontrar algo para poder pagarle a ese médico la atención para su hijo.

En una especie de epifanía encuentra la perla más hermosa que sus ojos y los ojos de todos los del pueblo hayan visto. Allí comienza en la novela, digamos, su miseria. ¿Comienza realmente allí? ¿No es una persona pobre, desesperada por salvar a su hijo de la picadura de un escorpión, lo suficientemente miserable ya?

El escritor John Steinbeck en 1960 (Foto: Underwood Archives / Getty Images)

En el pueblo la noticia se riega rápido y todos están pendientes de aquella perla que Kino había encontrado. Es allí donde entran los especuladores, que aprovechando la ignorancia de Kino, subestimándolo, intentan comprarle la perla a un precio irrisorio. Entonces él, que había decidido que aquella perla le daría a Coyotito algo que él no tuvo (educación, ropa cómoda, un lugar caliente, un porvenir lejos de la escasez), no acepta el acuerdo y decide, junto a Juana, su esposa, viajar a la ciudad para vender la perla a un precio que materialice aquel sueño de superación que su cabeza y su corazón habían construido.

Entonces vienen las desgracias: su casa quemada, su barca destruida y unos matones pagados por los especuladores para arrebatarle la perla. Todas las peripecias que Juana, Kino y Coyotito tuvieron que vivir, terminaron con una bala atravesando la cabeza del pequeño. “Justicia divina”, pensé, cuando terminé de leerla, cosas que te pasan por ser codicioso, me dije a mí mismo. Estaba clarísima la moraleja, digamos, de la novela.

Steinbeck es un genio y la belleza de su escritura es indiscutible. Construye desde lo inefable una obra que te transgrede y te vulnera. No es lo bello el problema, es lo injusto.

Hace poco volví a leer la novela. Con otros ojos. Con otro recorrido. Con otro contexto. Mi corazón latía a mil, a pesar de saber cómo terminaba aquello, pero con esa incoherencia que nos caracteriza a los soñadores, esperaba otro final. Sin embargo, la novela escrita es una escultura en piedra, y por más que uno intente liberar a sus protagonistas de sus horribles finales, no puede.

Me dije, no fue la codicia lo que llevó a Kino a hacer todo lo que tuvo a su alcance para vender aquella perla a un precio justo, fue la necesidad de salir de la pobreza, vapulear el canon, darle un futuro diferente a Coyotito. Un futuro donde la educación no sea una rama inalcanzable en un árbol de castas que galopan entre apellidos rimbombantes hacia la copa del mástil. Privilegiados que sacan la cabeza orgullosos por lo que han conseguido, “solos con su esfuerzo” dicen ellos, pero todos sabemos que permanecen allí gracias a los “Kinos” que tienen como destino marcado quedarse en las raíces, sostener en sus espaldas el orden “lógico”, el estatus hegemónico.

Me dirán: es una novela vieja, esas cosas ya no pasan así. Pero eso es una falacia, un deseo, mas no una realidad. Pasan y siguen pasando. Las mal llamadas minorías raciales siguen estando en las raíces de árboles gigantes cuya cresta está llena de hijos que no necesitan a la perla del mundo para acceder a lo más básico.

Así que no, la necesidad de Kino no es anacrónica y la historia de Steinbeck, sobre todo en estos tiempos de pandemia, está más vigente que nunca.


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