El covid-19 no espera, el hambre sí


¿No es el hambre una problemática mundial que nos debería conmover a todos/as? ¿No es el hambre una enfermedad igual o peor que el coronavirus, pero con cura? ¿Es el sabor, el olor, el sentir a la muerte cerca lo que nos hace más solidarios y empáticos?

  • Por Paula Rodríguez

“…La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio divino…

Eduardo Galeano (1984)

En enero de 2020 se comenzaron a divulgar noticias referidas al brote de un virus desde la ciudad de Wuhan (ni siquiera hace falta que se diga de qué país estamos hablando, ¿no?). Gente aterrada se observaba por la televisión, mientras la construcción de un hospital en 30 días era admirada por los latinoamericanos acostumbrados a “la salita de primeros auxilios del barrio” o a los grandes y extensos actos de inauguración de hospitales, cada muerte de obispo.

Para finales de enero la Organización Mundial de la Salud (OMS) declara la “emergencia de salud global por covid-19” y para el 10 de marzo aproximadamente la “pandemia global”. El virus, por supuesto, aprovechando la falta de empatía, solidaridad y responsabilidad de los humanos y sus vacaciones, continuó su paseo y llegó a los rincones menos conocidos y nombrados del mundo.

Ya a finales de marzo el coronavirus se encontraba rondando en todas las provincias de China continental, también en los países que son parte de Europa y rápidamente el mundo entero se vio envuelto de terror a causa de este agente microscópico.

Al día de hoy ya son más de 46 millones de casos confirmados y al menos 1,2 millones de fallecidos en todo el mundo. La cantidad de habitantes en este planeta asciende a 8.500 millones, aproximadamente, como para tener una idea, muy vaga, pero necesaria.

Este virus no distingue etnia, clase social, edad, autos, vestimentas, calzados, marcas, empleos, color de piel, color de ojos, capacidades, discapacidades, niveles educativos, naciones, ni continentes. La verdad es que no le importa, porque un virus no tiene la capacidad de razonar.

Existen algunas recomendaciones para evitarlo o combatirlo (ya divulgadas hasta el hartazgo) que son ignoradas la mayor parte del tiempo. “No salgas de viaje”, “no salgas de tu casa”, “lavate las manos”, “mantené un metro de distancia con otra persona”, “no te compres toda la góndola de papel higiénico y alcohol en gel”, “no te lleves cien barbijos”, “no empujes para llegar primero a la caja”, no, no y no. ¡No seas tan egoísta!

Pero no, nada de eso. Andá y mejor comprá 200 metros de papel higiénico y 100 litros de alcohol en gel, y si tenés más dinero o sos parte de las familias más ricas de Argentina (llámese Rocca, Bulgheroni, Pérez Companc, Roemmers, Galperín, Coto, Macri, entre otros) intentá comprarte algunos respiradores artificiales, no vaya a ser que te contagies y no puedas acceder a uno.

Autor: Matías Sclar

En abril de 2019, según un informe publicado en “Noticia ONU”, más de cien millones de personas en el mundo sufrían la forma más grave de hambre, según datos relativos a 2018. También el clima y los desastres naturales condujeron a 29 millones de personas a esa situación, y otros 143 millones estaban a un paso de ese destino.

En América Latina, 4,2 millones de personas no tienen qué comer. El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, los países que forman el llamado “corredor seco”, albergan 1,6 millones de seres humanos en estas condiciones.

No obstante, las guerras, dicen, son la principal causa del hambre extrema. Yo diría que los “Macris” también lo fueron en Argentina durante los últimos cuatro años.

Argentina, un panorama “rapidito”

Las últimas proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) indicaban en octubre de 2019 que, de no actuarse urgentemente, más de siete millones de argentinos (17 % de la población) se quedarían sin comida en algún momento, hasta el punto de que muchos de ellos tendrían que pasar uno o varios días sin comer.

Y si a estas personas, ya en riesgo de no comer lo suficiente para llevar una vida plena y digna, se le sumaban a aquellos/as que no tenían ninguna seguridad de obtener comida suficiente, y por ende, estaban obligados a reducir la cantidad o la calidad de los alimentos que consumían, entonces se iba a ascender al 45 % de la población, según datos de la Escala de Experiencia de Inseguridad Alimentaria (FIES).

Asimismo, de acuerdo al último informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, en 2018 el 13 % de los niños argentinos pasó hambre y 29,3 % empeoró la calidad y la cantidad de su dieta. La situación alimentaria de la infancia ha empeorado 30 % respecto a 2015.

A nivel mundial, dos tercios de las personas que padecen hambre aguda viven en 21 países donde se desarrolla un conflicto armado, aunque casi la mayoría se concentran en solo ocho naciones: Afganistán, Etiopía, Nigeria, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen.

En otros 17 países, el hambre aguda se mantuvo igual o aumentó. Por regiones, la más afectada es África, ya que más de la mitad de las personas que padecen hambre aguda se encuentran en 33 países ubicados en esa región.

A los conflictos, los desastres naturales y el cambio climático se añade la situación económica como una de las principales causas del hambre aguda. Las crisis económicas condujeron a esta situación a 10,2 millones de personas, principalmente en Burundi, Sudán del Sur y Zimbabwe.

Por su parte, en Latinoamérica son 5,6 millones de personas en siete países que han entrado en la fase dos de la inseguridad alimentaria, en la que los hogares tienen un consumo mínimo adecuado de comida y no pueden asumir otros gastos sin poner su alimentación en peligro. Más de la mitad están en Haití y 1,6 millones en el llamado “corredor seco” de América Central, integrado por El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. El resto son 400 mil migrantes y refugiados venezolanos repartidos por toda América del Sur.

Al menos 8.500 niños mueren cada día de desnutrición y según las estimaciones de Unicef, el Banco Mundial, la OMS y la División de Población de Naciones Unidas, se calcula que 6,3 millones de niños menores de 15 años murieron en 2017 por causas, en su mayoría, evitables.

¿No les parece raro que estos datos no alarmen tanto o nada al mundo, como sí lo hicieron aquellos relacionados a los contagios por covid-19? ¿No es el hambre una problemática mundial que nos debería conmover a todos/as? ¿No es el hambre una enfermedad igual o peor que el coronavirus, pero con cura? ¿Por qué los más poderosos de los Gobiernos recortaron o donaron sus salarios enteros para luchar contra el virus y nunca lo hicieron con tanta euforia con temas referidos a la inseguridad alimentaria?

¿Es el sabor, el olor, el sentir a la muerte cerca lo que nos hace más solidarios y empáticos?


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