Alfonsina: “deconstruída” y vuelta a construir


A pesar de las críticas de sus contemporáneos Alfonsina siguió militando activamente en el movimiento feminista y escribía en los medios gráficos acerca de la problemática femenina. Su empatía por situaciones marginales tuvo dos consecuencias, una fue la aceptación de los sectores populares y otra el rechazo de los críticos de la elite.

Es complicado hoy en plena postmodernidad, buscar un marco teórico en el cual sentirnos totalmente cómodos para hablar de ciertos procesos o dialogar con “ese” o “esa” que hicieron el esfuerzo de “deconstruir” para arrojar luz a sitios velados o que desconocíamos.

Fue el filósofo francés Jacques Derrida quien realizó la prodigiosa y exhaustiva tarea de “deconstruir” cuando interpretó, recuperó y teorizó el trabajo de Martin Heidegger en su libro “Ser y tiempo”.

Si estamos atentos a los discursos sociales actuales, la palabra “deconstrucción” toma cierta relevancia, y puede ser porque la nueva generación está mayoritariamente “deconstruída”. Tal vez fueron atravesados por la narrativa postmoderna, donde con lucidez y valentía los jóvenes de esta generación superaron los numerosos conflictos que afligían a las generaciones antecesoras que se aferraron al declinismo para condenar “las conductas reprochables”.

¿Por qué comenzamos por aquí para hablar de Alfonsina Storni? Porque es necesario comprender y conocer paso a paso y en toda su plenitud quién fue la poetisa argentina.

Su producción artística aparece en las coordenadas históricas y culturales del período de 1900 a 1940. En ese momento en la Argentina comienza un proceso de modernización socio-económica y política liderada exclusivamente por la elite. En lo específicamente literario, se generan rupturas que devienen en la configuración del postmodernismo. Situados en este marco referencial, no resulta común que una mujer interpele la moral burguesa y cuestione con ironía a un campo intelectual regido por hombres. Alfonsina lo hace. Y aunque no tiene mala relación con ellos, a muchos le incomoda su audacia, su independencia, y la poca necesidad de tener un auspiciante masculino para moverse con comodidad en un mundo que les pertenece.

Expone en su poesía esa autosuficiencia que es rechazada y condenada. No le importa. Para ese entonces, ya había superado una vida complicada. Un padre emocionalmente inestable, alcohólico y con tendencia suicida; las necesidades económicas extremas que las supera con dignidad trabajando con su madre de costurera. A los 20 años queda embarazada de un hombre casado a quien abandona para no aceptar la intolerable situación de clandestinidad que éste le propone y, en lugar de amedrentarse, ese hijo le da las fuerzas para vivir en una ciudad desconocida como Buenos Aires, donde llega desde Rosario en 1912 con el objetivo de trabajar y con la firme convicción de buscar un lugar en el oficio literario. No pierde tiempo y se vincula al movimiento feminista, al mismo tiempo participa en actos culturales y políticos por el Partido Socialista.

Con este breve recorrido por su trayectoria, ya podemos penetrar en su mundo y comenzar a entender por qué Alfonsina Storni fue una mujer extraordinaria. Para poder seguir ahondando en el tema, recurrimos a la explicación de Pierre Bourdieu y su concepto de “campo intelectual”.

Las obras literarias no son producidas en un vacío social ni mucho menos en un medio neutro, las presiones de la estructura social no accionan directamente sobre los miembros del campo intelectual, sino por mediación de éste. De manera que para el sociólogo francés los bienes simbólicos que circulan de manera relativamente autónomos operan sobre cada miembro y le devuelve una imagen pública de su obra, aceptándola o rechazándola. En otras palabras, la convención define las posibilidades de su circulación en términos de qué géneros, qué moral, qué temas, y ahí va definiendo su jerarquía: “oficial”, “marginal”, “integrado”, “de vanguardia”, etc.

Alfonsina Storni (Foto: Cortesía)

Para reflejar las opiniones de ese campo intelectual sobre su producción escritural, citaremos algunas. José Gabriel, crítico español, que tuvo participación activa en el ambiente cultural de la época, dijo: “… su imaginación es infantil y su actitud espiritual, primitiva…”; Eduardo Gómez Lanuza, crítico argentino-español opinó “… su obra está impregnada de borrosidades y de chillonerías de comadrita. Es mediocre. Sacrificó la poesía en aras de su personalidad y se vengó a través de ella…”

Por su parte, Jorge Luis Borges, fue lejos el más lapidario: “…de la Storni y de las personas que han metrificado su tedio de vivir en esta ciudad de calles derechas, sólo diré que el aburrimiento es quizás la única emoción impoética … y es también, la que, con preferencia, ensalzan sus plumas. Son rubenistas vergonzantes, miedosos …”.

Cabe aclarar que, desde la perspectiva masculina, la producción literaria de mujeres era una especie de subcategoría ligada a los sentimental que no podía reflejar la complejidad de la vida en todos sus aspectos.

A pesar de todo, Alfonsina siguió militando activamente en el movimiento feminista y escribía en los medios gráficos acerca de la problemática femenina, haciendo hincapié en las mujeres que, como ella, emigraban a las grandes ciudades en busca de mejores condiciones de vida. Esa empatía por situaciones marginales que expresaba públicamente tuvo dos consecuencias, una fue la aceptación de los sectores populares y otra el rechazo de los críticos de la elite.

Hemos recorrido el campo intelectual y sus características, ubicamos a Alfonsina en su momento histórico y social con sus referencias autobiográficas, conocimos las críticas de sus contemporáneos, tratamos de “deconstruir” su vida en relación al contexto y su obra y llegamos a la conclusión que la poetisa argentina, fuertemente resistida, transgredió todas las costumbres de su época.

Sus decisiones la llevaron a componer una subjetividad poco común. Cuestionó y subvirtió con su manera de vivir el estatus quo, exigiendo libertad y respeto por sus decisiones personales lo que molestó fervientemente la moral burguesa y puso en tensión la relación mujer-hombre. Toda su experiencia de vida la expone en su obra, considerada altamente autobiográfica.

Retomando el concepto de Bourdieu, consideramos que el campo intelectual, tal como lo describe, sigue vigente, pero el postmodernismo en su devenir flexibilizó todo a su paso. En la actualidad se avala y se reivindica la trasgresión, lo distinto y la innovación en lo artístico, lo que le otorga un plus de genialidad.

Es posible que la mujer de hoy al leer sus poesías “Hombre pequeñito” o “Tú me quieres blanca” no la movilice tanto, acostumbrada a trasgresiones más revolucionarias como exponer su desnudez o reclamar abiertamente el derecho al aborto; pero estas conquistas son el resultado de aquellas mujeres que, como ella, desde sus lugares de madres, poetisas, maestras, obreras, levantaron sus voces para denunciar el sistema patriarcal -integrado también por mujeres- e iniciar una especie de autoconciencia de género en ambientes totalmente adversos, donde ellas mismas aceptaban sin cuestionamientos su realidad.

Alfonsina Storni tuvo una vida plagada de tristezas. Se sobrepuso a todas ellas, pero el 25 de octubre de 1938 decide dejar de luchar. La única lucha que la debilitó fue la lucha contra sí misma, padecía de un cáncer y en 1935 sufrió la extirpación de un seno. La enfermedad vuelve y ella no está dispuesta a someterse a nuevos tratamientos invasivos y dolorosos. Tenía 46 años de edad y se despidió a su manera con el último poema “Voy a dormir“.

Reconocerla y recordarla hoy es el mejor regalo que podemos brindar a una mujer resiliente que vivió como quiso y se fue de igual manera, cuando quiso.

Agradecidas por tu “chilloneria de comadrona” por tu “mediocridad” y tu “espíritu primitivo” que dijiste con altura y sin temores lo que muchas no se animaron a decir.

Hasta siempre…

Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío, 
manos de hierbas, tú, nodriza fina, 
tenme prestas las sábanas terrosas 
y el edredón de musgos escardados. 

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. 
Ponme una lámpara a la cabecera; 
una constelación; la que te guste; 
todas son buenas; bájala un poquito. 

Déjame sola: oyes romper los brotes… 
te acuna un pie celeste desde arriba 
y un pájaro te traza unos compases 

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo: 
si él llama nuevamente por teléfono 
le dices que no insista, que he salido…

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