Las brujas que vos matáis


Como en el laberinto, la trampa de la mujer fue sus ganas de volar. Se subió a una escoba y fue declarada bruja. Entonces se le quemaron las alas por la “soberbia” de querer liberarse.

Voladoras seriales

Ejercito la terrible costumbre del feminismo, de mirar de nuevo, de criticar los cánones dados. Como muchísimas, sobre todo, mujeres de mi edad (edad de brujas), por lo que no dije, por lo que no hice, ni conté.

Hoy reviso los hechos de mi pasado, sin nostalgias ni falsos pudores, y creo que necesito otras categorías de abordaje. Destapo, doy vuelta, veo otro lado de la realidad de por sí multifacética. Y a la otra, otro, otre. Veo también si abarca todo, o si por fin la complejidad no oculta la variedad y diversidad. Y convivo con eso.

El feminismo es un método como el marxismo, una manera de analizar una producción humana, un texto, al cercano, a la/el que pasa por la calle. Pero se convierte en ideología también porque descubre las columnas de intereses donde se anclan aquellas parcialidades. Así como la “nobleza de sangre” no era puesta por dios, tampoco, el varón.

Las ataduras se generaron en la vida cotidiana dado que fue durante demasiados años el único ámbito donde la sociedad, no la comunidad, dejaba que se movieran la mayoría de las mujeres, y que cuando querían salir de allí, eran catalogadas de brujas, putas, vagas, malasmadres, tontas, inútiles. Un lugar de encierro, al lado del fogón de la cocina, el presidio más profundo, los pasillos, el escarnio y la soledad, donde lo único que circulaba era el secreto y la intriga: el medio (¿o el miedo?) es el mensaje.

La trama no puede ser muy ancha, el movimiento no debe agitar ninguna copa, el lugar es chico. No se podía salir a la calle.

Entre cuatro paredes a oscuras

El relato que se va a construir no tiene nexos, está entrecortado, fragmentado. Las habitaciones son el mundo; habrá una puja de poderes alimentado por las ganas de bailar. Y allí, como en la arena del Coliseo, se dan la violencia y los métodos de represión. La mujer reacciona al apriete, la mentira y la complicidad; a la indiferenciación, las figuras estereotipadas y menospreciadas entre cuatro paredes.

Ante la tarea de impartir injusticia del varón, la cura es deber de ellas, que se ensucien las manos, es su culpa. El sexo y el cuidado, la envidia y los celos, terminan poniendo a la mujer en la total responsabilidad, un maltrato más de la violencia doméstica. El patriarcado tiene necesariamente esas características: no hacerse cargo. Muchas fueron y son las estrategias de la dominación masculina, el micro en el macro.

Como en el laberinto, la trampa fue las ganas de volar. Y se subió a una escoba, esa mujer mayor, dechada de experiencia y saberes ancestrales y fue declarada bruja. Entonces se le quemaron las alas por la “soberbia” de querer liberarse.

Fueron inhibidas como los perros de Pavlov, y se autoreprimieron, abandonadas en el bosque a merced de las alimañas porque Marx no habló de las propiedades y bienes de las mujeres que pasaban al varón. Las circunstancias históricas y económicas los avalan, como si no.

Fue el monologuismo patriarcal perfeccionado a través de la historia, y sus cambios en función de esa represión. Hábitos de dominación largamente practicados, más que los de la libertad. Fueron normalizados y naturalizados como estrategia, y después como categorías universales asociadas al etnocentrismo y el clasismo.

Silvia Cusacanqui dice que los conquistadores españoles repudiaban a las indias viejas porque eran el ruido discordante frente al verticalismo bélico. Por ejemplo, cuidaban a los huérfanos, representaban la memoria de lo que querían destruir: la comunidad.

No me gusta hablar de compensación, lo considero un concepto facilista. Sin embargo, se crean espacios espurios, perversos como la complicidad contra las rebeldes, contra ellas mismas para salvar la vida, salvarse de la guerra, de la tortura y del hambre. Se estigmatizaron arquetipos de mujeres contra las mismas mujeres.

Nada más sencillo que mandar a luchar a dos a las que se quiere eliminar, fomentando la falta de sororidad ejercida por otra tan dolida como nosotras entre cuatro paredes. Y es la misma madre la que reprime. La madre narcisista rompe la profesionalidad de la hija porque no le trasmite sus saberes por una razón de supervivencia y después de ego, porque una mujer mayor era descartada como una esclava por otra más joven, por otra más fuerte para el trabajo porque produce y es inexperta. Mientras, se fomenta la banalidad, el lujo, la belleza personal para consumo del varón y se olvida lo ancestral, la pertenencia a un pueblo.

La suegra mala también es la ruptura de la cadena de la sororidad. Adhiere a la fuerza del varón, su hijo, no trasmite su experiencia, quiere reconocimiento, servicio por su vejez, atención, pero no lo obtiene. Los varones sí tienen una cadena de complicidad entre ellos muy bien disimulada.

Aun en esos espacios limitados, muchas mujeres pudieron pensar y crear, y es posible que hayan sido las autoras de muchos inventos. Es raro que, siendo las maestras iniciáticas, no hayan sido curiosas, estudiosas y hayan metido mano en los laboratorios. Las callaron y asesinaron para que no dijeran que fueron ellas las de las ideas y la investigación. Hicieron desaparecer sus autorías y a ellas también. Otra estrategia, otra forma de violencia.

El pueblo occidental tiene práctica en quedarse con saberes de otros pueblos, por ejemplo, les árabes, sin reconocerlo. Por la tarea cotidiana inventaron el lenguaje escrito, fueron las mujeres las organizadoras de los primeros gremios: cosían, cocinaban, ordenaban, cuidaban, eran artesanas, y formaban parte de sectas para defenderse de los atropellos del varón.

Lamentablemente, las mujeres colonizadas repiten las estrategias de dominación, de indiferencia, desprecio, discriminación, competencia, reproduciendo el dolor de heridas no curadas y arrastrando la mirada europea patriarcal sobre nosotras, las americanas.

El compromiso es con las otras mujeres, la participación en espacios donde nos empoderemos y nos defendamos. Espacios donde volemos para enriquecernos a todes en la comunidad que nos habita y habitamos.


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En Omago tenemos un compromiso con los derechos humanos y el pensamiento crítico. Contamos con vos para ayudarnos en esta tarea.

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