Frases como disfraces, enunciados engañosos sobre el medio ambiente


¿Es igualmente responsable el que encendió un fuego intencionalmente con el objetivo de hacer un negocio inmobiliario que una persona que no llevó su bolsa reutilizable al supermercado?

En temas de ambiente escuchamos frases que suelen ser muy bien estructuradas pero que, detrás de las buenas intenciones, pueden esconder fines menos loables.

Para quien esto escribe es evidente que el lenguaje es una de las formas de la manifestación del poder. Un poder invisibilizado por el sentido común pero, por eso mismo, más difícil de desarticular.

Es ahí donde se cuelan frases sencillas, llenas de sentido y profundamente entendibles. Frases que en algunos casos son disfraces y vamos a tratar de enfrentarlas pensándolas un poco.

Para el lector más entrenado y con algunas visitas a la obra de don Arturo Jauretche, el formato de este artículo le resultará algo familiar. Digo el formato y no el contenido porque Jauretche fue un enorme hacedor de la cultura nacional y lo de uno es tratar de pensar en conjunto usando herramientas similares.

Lo más oportuno es empezar por la frase que encarna desde su núcleo esa sombra reparadora donde hacer descansar nuestro pensamiento crítico. Una frase igualadora, profundamente moralizante y llena de altruismo y sentido común. Claro que a veces el sentido común nos mueve a engaño… “Todos debemos ser responsables por mejorar el ambiente”.

Quién puede estar en desacuerdo con esta frase, quién puede decir que se trata de una especie de Zoncera Ambiental (parafraseando pronto y mal a Don Arturo. Nadie. Pero (si no hubiera escrito aquí un “pero” este artículo sería casi una broma), ¿somos todos igualmente responsables o hay quienes deben asumir que son más responsables que el resto? Acá empiezan los problemas.

Estas frases cumplen con la primera consigna de la concientización y es que deben ser fácilmente entendidas. El verdadero problema comienza cuando se las analiza con algo más de profundidad.

¿Es lícito decir que “todos debemos ser responsables”? Sí, lo es. Pero, ¿todos somos igualmente responsables? ¿El que produjo el daño ambiental es igualmente responsable que quien lo padece? ¿Es igualmente responsable el que encendió un fuego intencionalmente con el objetivo de hacer un negocio inmobiliario o un agronegocio que, por ejemplo, una persona que no llevó su bolsa reutilizable al supermercado?

Vamos más allá, ¿qué pasa con esas industrias contaminantes? ¿Es igualmente responsable el que da la indicación de hacer los vuelcos clandestinos que el empleado que acata esa orden? Y si alguien sabe que eso está pasando y no lo denuncia, ¿es igualmente responsable que el productor del daño?

Vivimos en un constante apuro, es difícil que podamos darnos tiempo para reflexionar sobre cosas que nos vienen resueltas por algunas frases bonitas que uniformizan, igualan para abajo y nos ponen a todos en un pie de igualdad en lo que hace a la responsabilidad individual frente al cuidado del ambiente.

Parados en este lugar de reflexión podríamos permitirnos pensar si los dueños de casi todas las cosas son también dueños del sentido común. Es decir, ¿será posible que nos estén convenciendo de que nosotros con nuestro accionar módicamente desaprensivo, que se sintetiza en olvidarnos la bolsa reutilizable en casa, somos responsables del calentamiento global, las sequías o la alteración del régimen de lluvias?

Si todos somos responsables pero nadie dice que hay responsabilidades mayores, lo más sensato, al amparo abrigador del sentido común, es creer que todos somos igualmente responsables. Entonces, como pasa con cada generalización, ganan los malos.

No es verdad que todos somos igualmente responsables del cuidado del ambiente por la sencilla razón de que algunos no lo dañamos sistemática y arteramente. Industrias como la automotriz, las empresas vinculadas a la extracción de minerales, incluso las hidrocarburíferas, han tenido tiempo para realizar modificaciones en sus procesos y en su ingeniería de base.

Cuando en Estocolmo, Suecia, se produjo la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (Cnumah) en junio de 1972 no existían la telefonía celular, ni la fibra óptica, mucho menos internet ni Microsoft ni Apple ni Google. Claro que en ese mundo tan distinto al actual los vehículos consumían combustible fósil y se vendían por millones automóviles y otros vehículos que gastaban cantidades obscenas de nafta o combustible diesel.

Al parecer nada cambió para esas empresas. Sus vehículos siguen consumiendo derivados del petróleo, ese mismo petróleo que por escaso ha provocado las guerras más sanguinarias desde 1945.

En los últimos años en Argentina presenciamos una lucha de vecinos que continúan pidiendo que no fumiguen con agroquímicos sobre sus casas y sus escuelas. Por increíble que parezca, hay tribunales que no les han dado la razón y, más monstruoso aún, hay personas que litigan pidiendo que los dejen fumigar sobre esas casas y esas escuelas.

Me apresuro a decir que es verdad y está muy bien que cada uno de nosotros haga lo que esté a su alcance en protección del ambiente. Que todos nosotros, tal como dice el Artículo 41 de la Constitución Nacional, gozamos del derecho a un ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano y tenemos, en forma individual y colectiva, el deber de preservarlo.

También, por si no ha quedado claro, hay que llevar la bolsa reutilizable cuando compramos y separar nuestros residuos en casa.

Pero atención, no somos todos igualmente responsables, eso es reduccionismo y una forma más en la que los poderosos diluyen sus responsabilidades.

Hagamos como decía don Arturo Jauretche, sepamos que no es lo mismo ser zonzo que estar azonzado. No estamos condenados a seguir diciendo las mismas cosas sin reflexionar sobre las diferencias entre los poderosos que dañan y cada uno de nosotros.

Y ya que lo de azonzado viene a ser algo transitorio, sacudámonos de ese sentido común y empecemos a pensar que, aunque más incómodo, eso es algo liberador. Ya viene siendo la hora…


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