Mujeres con fecha de vencimiento


La mirada hegemónica sobre los cuerpos utiliza subterfugios cosificantes, clasificando de “maduras” a mujeres que en realidad piensa viejas y poco atractivas.

  • Por Paola Solbes

Cientos de mujeres en el mundo se enfrentan a diario a la exclusión laboral. La discriminación por edad es un hecho, basta con revisar los portales de empleo en internet para confirmar que apartir de los 46 años no es posible ni siquiera presentar un currículum.

Las empresas utilizan filtros para acotar su búsqueda laboral: nivel de estudios, experiencia, conocimientos de idiomas o computación, pero las ofertas orientadas a mujeres de 25 a 45 años es un rango demasiado amplio para que obedezca a un filtro tradicional. Los pertenecientes a la Generación X, nacidos entre 1960 y 1980, son descriptos en las políticas de marketing como individuos que han sabido adaptarse a los cambios tecnológicos. Criados entre discos de vinilo, cassettes y televisión en blanco y negro, hoy manejan con comodidad smarthpones, computadoras y redes sociales, y se les reconoce incluso su participación en organizaciones sociales, ecológicas y escolares, además de la capacidad de trabajar en equipo y ser líderes colaborativos y desinteresados.

¿A qué obedece entonces esta segmentación que excluye a tantas mujeres de las ofertas laborales piolas, interesantes, con posibilidades de crecimiento y estabilidad laboral

“No existe ninguna razón de peso para acotar una oferta laboral a los 45 años y dejar excluidas a las mujeres mayores de esa edad. Si bien es cierto que a partir de la menopausia se pierde la protección de los estrógenos para los infartos cardíacos por lo que se recomiendan los controles con un especialista en climaterio, en condiciones normales los hombres y las mujeres se igualan en lo que a la función cardíaca se refiere y poseen las mismas probabilidades de tener un infarto agudo de miocardio. A partir de la edad adulta, la piel, si es muy blanca, pierde tejido conectivo y aparecen las arrugas y va mermando la función renal, pero fijar una edad de inicio es demasiado arbitrario, ya que depende de cada paciente”, afirma el doctor Carlos Acuña Cotroneo. [1]

Si nos atenemos estrictamente a las “necesidades del mercado”, la mayoría de las mujeres de la Generación X ya no tienen hijos menores de edad y su contratación resultaría una “ganga” en términos de costos laborales. Esto nos lleva a pensar que el filtro invisible es “buena presencia”, según el estándar de belleza adjetivado por la sociedad de consumo.

Las piezas publicitarias protagonizadas por mujeres “maduras” ofrecen cremas para las arrugas, reguladores de la actividad intestinal, suplementos dietarios y hasta bombachas para incontinencia y en los programas del “prime time” televisivo se promocionan minerales quelatados, serrapeptina para los dolores articulares o milagrosos suplementos proteicos con sabor a chocolate.

Las necesidades del mercado construyen una imagen de mujer enferma y decrépita, instalan que a partir de los 45 años todo en el cuerpo de la mujer se deteriora y pasan de ser un objeto joven y sexual a ser un objeto obsoleto y en decadencia sin que esto tenga ningún fundamento real.

Del mismo modo, la mirada hegemónica sobre los cuerpos utiliza subterfugios cosificantes, clasificando de “maduras” a mujeres que en realidad piensa viejas y poco atractivas.

Como si no bastara con develar la disparidad salarial de género, denunciar el techo de cristal, aclarar que maduras son las frutas o verse relegadas a puestos estancos sin posibilidades de progreso como acompañante terapéutico, cuidadoras domiciliarias o empleadas de casas particulares, las mujeres desempleadas de más de 46 años se ven obligadas a reconvertirse laboralmente.

La discriminación laboral es una forma de violencia y lo es también la salida institucional que se ofrece como alternativa al desempleo: las más variopintas capacitaciones para reinventarse como emprendedoras.

La alternativa de deconstruirse empleada para convertirse “en sus propias jefas” no es sino otra forma de mantenerlas sub ocupadas.

El camino de emprender se les vende como un excitante paradigma de la libertad y “una increíble oportunidad de manejar sus propios horarios”, sin aclarar que esta opción implica la pérdida de los derechos adquiridos como trabajadoras asalariadas, se contrapone a la estabilidad laboral y conlleva el compromiso de fijar su propio sueldo, adherirse al monotributo e invertir su propio capital a riesgo de perderlo.

El mandato de reinventarse como microemprendedoras, si no se gestiona exitosamente, genera en términos psicológicos altos niveles de frustración, ansiedad o baja autoestima y no resuelve el problema del empleo.

En una sociedad que expulsa a estas mujeres del empleo formal como si fuesen trastos viejos, la decisión de emprender debiera ser una elección y no la única salida posible a la exclusión laboral. Aunque se disfrace con palabras bonitas, la opción de emprender en términos de estabilidad laboral no significa otra cosa más que “abrazar la incertidumbre.”


[1] Doctor Carlos Acuña Cotroneo (Mat:24493). Docente de la FCM UNC cátedras de Clínica Médica I y II, Cátedra de Semiología (Hospital San Roque), Cátedras de Medicina Preventiva y Social I y II (Hospital de Clínicas).


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