El arte situado: memoria, genocidio y ancestralidad


¿Cómo asimilar que el genocidio latinoamericano es el piso simbólico de nuestro pueblo?

El trabajo del pensador americano es afianzar la identidad de su pueblo acercando categorías propias de abordaje a su problemática, develando y enriqueciendo su piso simbólico. Sin embargo, hay terribles hechos en nuestra historia de genocidio y colonialidad muy difíciles de digerir y transformar en memoria.

Sencillo es entender que nadie quiere hacer suyo un recuerdo de sufrimiento, muertes y vejaciones, ni tener el rol del derrotado. Sencillo es para un pensamiento occidental dicotómico que sitúa en debe y haber, en bueno y malo, en ganador o perdedor pero no para nosotres.

Desde que llegó Colón a nuestras tierras, nos hallamos ante relatos pseudomíticos de héroes que consumimos como propios cuando son de lejanísimas e inciertas culturas, mezcladas de ideas de agresión y rivalidad. Adherimos a épicas falsas de conquistas frente a enemigos supuestos o débiles. Esa no es la historia de nuestro pueblo.

Es la historia de un pueblo europeo que no desarrolló la agricultura en forma comunitaria, y tuvo muchos períodos de hambre; que prefirió saquear y esclavizar, dominar y cobrar tributo. Hemos escuchado y leído esas conquistas de violencia sobre el cuerpo, sobre el lenguaje y sobre las creencias y las aceptamos para borrar las nuestras, recuerdos de la muerte.

Sobre aquellas está fundada la colonialidad, y es una idea a desterrar porque conlleva estigmas de racismo, de explotación productiva y económica, y  desplaza lo sagrado hacia el consumismo y la depredación.

No es el sentir americano de un equilibrio, entre otras cosas, porque la tierra se compartía.

¿Cómo se puede asimilar el genocidio latinoamericano al piso simbólico de nuestro pueblo, a nuestra ancestralidad? La respuesta está íntimamente asociada a nuestro estar mestizo, a un pueblo indígena que fue arrasado, mediado e interpelado por otro, en este caso, el español, pero que necesita vivir con su identidad íntegra.

Desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego, los genocidios en América fueron primero contra los pueblos originarios, y  segundo, muy juntos, contra el mestizo local; en nuestro país, el gaucho. Y se siguen perpetrando. 

Ciertas épocas fueron propensas al cultivo de los escritos sociales con preferencia sobre otras formas, y hay literaturas nacionales que prefieren las literaturas pragmá­ticas sobre las ficcionales. Tal es el caso de la  hispanoamericana, hasta finales del siglo XIX, donde los intelectuales, sumergidos en ciertos romanticismos pero también racismos, quisieron formar una identidad en la nación, pero los vientos liberales les agudizaron su afán de guerra y exterminaron a la mujer y al hombre de esta tierra en nombre del progreso.

La generación del 80 quería fortalecer el aspecto combativo y guerrero pero midió al ser humano por su grado de inserción intelectual, influenciados por el iluminismo europeo. Aplicó la ley como si fuera labor y fruto de esta tierra, y aunque aparentemente creían en la cruz y la pluma, sólo usaron la espada y la discriminación.

No hubo lugar para fundar una sociedad mestiza y creativa porque la palabra solo fue unilateral y ajena, aun para ellos mismos. Buscaron ensalzar un personaje vernáculo pero no creyeron en él y fueron arrasados por la maldición eterna de un desacierto fundante. Aceptaron lo criollo y terrateniente en desmedro del gaucho y el mestizo, y a medias, al gringo, cuando se incorporó al liberalismo. Prefirieron los logros económicos sobre la igualdad, y negaron la fuerza de lo ancestral.

Muches no lo ven, no creen que sus antepasados sean los aborígenes de estas tierras, ni tampoco se identifican con el gaucho, ni conocen lo suficiente su historia para hacerla memoria, para apoderarse y empoderarse con ella. Niegan ese dolor, porque no lo han podido mutar y mutar en creación, como hace la semilla cuando los vientos son adversos, o durante tormenta, o en la sequía.

Épico es el arte que crea memoria de los primeros días de una cultura, mientras que el hombre occidentalizado ha fijado la historia en bienes materiales, conquistas y batallas. Reconocer y aceptar que la épica, es decir, la literatura fundante del Martín Fierro, mostró la persecución, la desaparición y el genocidio del aborigen y del mestizo autóctono, es un principio prometedor. Es empezar a poner en diálogo, a través del lenguaje simbólico a los sujetos que nos habitan, y sentar las bases del conflicto de intereses con nosotres mismes como pueblo.

Para abordarla tenemos el lenguaje simbólico, cuyo despliegue implica un juego complejo entre el sujeto y su subjetividad, un hecho creativo; sobre todo lo vemos en la expresión artística. Teñida de una concep­ción cultu­ral común, por lo que afianzamos su aspecto colectivo, elige su forma, su destinatario y su consenso. La pensamos en tér­minos de reciprocidad, formando el piso simbólico a veces utópico, a veces popular, siempre ancestral.

Somos mestizos, entrelazades indisolublemente con la Pacha Mama, en sangre y savia, comprometides a un ideal colectivo, comunitario, como nos explica Rodolfo Kusch en “Geopolítica del hombre americano”, donde nos trueca la idea de universalidad por la de estar situado.

Existe un arte con tono e intención didác­tica y ape­lati­va, despreciado por quienes reivindican un arte descomprometido y universal: es el arte situado, un arte pragmático o utilitario donde prima, a través del sujeto, la mirada de la comunidad en lugar de la del individuo. Hablamos de un sujeto no disociado de su territorio, de su familia, de su historia ni de sus mayores, que fija a través de la creación la pertenencia sin clausurarla y protege simbólicamente a sus integrantes. Esa actitud creativa apela, educa y denuncia las expresiones de la vida en comunidad y, sobre todo, no rechaza las crisis ni las catástrofes. Se inspira en el accionar del pueblo como un colectivo de semejantes sentires, reconoce que las emociones, los dolores son comunes, y padecen los condicionamientos del grupo.

El arte situado hace un espacio en la memoria porque opera con símbolos que tienen una fluidez de diálogo interior, de empatía entre los habitantes que componen la comunidad. Sale del sujeto creador con la impronta de una semilla: viene de la tierra-territorio, se extiende, florece y fructifica con esa genética.

La creación situada añade a su mate­rialidad la histo­ria, la utilidad, la personalidad del su­jeto, con­tiene una utopía, es el lugar de un no lugar. Hay un hilo invisible, la ancestralidad que une el pasado y el presente de la obra artística.

Este arte se mueve libremente entre la eternidad y la marginalidad. Es una estética que circula más allá de los ámbi­tos del conocimiento y más acá de la denuncia. Terrible es el olvido o la omisión, porque aquello que queda afuera de la memoria, se transforma en un vacío, en un territorio seco y árido para la vida. El piso simbólico, fértil en seminalidad y creación, se debilita.

José Martí, José Hernández, los poetas gauchescos, tantos poetas fundadores de nuestra América, los narradores del boom latinoamericano, combinaron el encuentro de las procedencias, la extendieron y bregaron por esa identidad mestiza incipiente sin cercenar ninguna.


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