Cuando no hay esperanza liberadora, el presente es eterno


El siglo pasado se cerró con el fracaso de la emancipación y con el consecuente triunfo del capitalismo.

  • Por Diego Gómez

Cuando al historiador británico Eric Hobsbawm le preguntaron qué “traería” consigo la llegada del siglo XXI, contestó que no podía predecir pero que seguramente iba a ser el siglo XX quien le diera forma. Como nunca antes en la historia de la humanidad, el último siglo, había generado esperanzas emancipatorias que habían empezado con la revolución rusa de 1917, y finalizado con la experiencia nicaragüense en 1979.

Esperanzas que no tenían distinción de continente, lengua o cultura. Algunas exitosas, otras truncas, pero todas en pos de liberar a la especie humana de la opresión y la explotación. Además del comienzo en Rusia y el final en Nicaragua, las revoluciones en Alemania, China y Cuba, así como también la Guerra de Vietnam, la Guerra Civil Española pueden contarse, entre tantos otros acontecimientos, como intentos verdaderamente emancipatorios del género humano.

Sin embargo, el siglo pasado se cerró con el fracaso de la emancipación y con el consecuente triunfo del capitalismo. La desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la burocratización capitalista de la República Popular China (RPCh) son sin dudas los indicadores macro de esta situación. El comunismo estatal, tras haber ingresado al siglo XX como una promesa de liberación, terminó yéndose como un símbolo de opresión y alienación. Y la libertad, igualdad y fraternidad de la revolución francesa, para garantizar la eternización de la gran propiedad privada capitalista, resultó victoriosa y hegemónica.  

En las dos primeras décadas del siglo XXI la carencia de un proyecto político verdaderamente emancipatorio, a escala planetaria, ha generado profundas transformaciones en el estado de las relaciones sociales. El historiador italiano Enzo Traverso, en su libro “Melancolía de la izquierda” sostiene que “el siglo XXI nació como un tiempo marcado por un eclipse general de las utopías”[1]. Y otro historiador, el francés Francios Furet, aseveraba en su libro “El pasado de una ilusión” que “la idea de otra sociedad se ha vuelto algo imposible de pensar y nadie ofrece sobre este tema ni siquiera el esbozo de un concepto nuevo. De modo que henos aquí, condenados a vivir en el mundo en que vivimos”[2].

La inexistencia de una utopía revolucionaria hace que el presente sea “eterno” y que, como dice Traverso, el principio de la “esperanza” sea reemplazado por el principio de la “responsabilidad”. La esperanza había llenado los corazones de los oprimidos del siglo XX, mientras que la responsabilidad se ha hecho carne viva cuando el futuro se ensombreció.

La aparición del coronavirus, a principios de año, muestra de manera feroz y sin ningún tipo de contemplaciones el estado actual de las relaciones sociales en las sociedades occidentales. La individualidad ha demostrado estar muy por encima, en la escala de valores, que lo colectivo. Los héroes del siglo XX han mutado a víctimas en el siglo XXI. El pavor a morir le ha sacado “cuerpos” de ventaja a la esperanza que implicaba dar la vida en pos de un mundo mejor. El éxito de las cuarentenas se debe más un paralizante miedo individual que a una actitud de cuidado colectivo.

La “nueva normalidad”, de la que tanto se habla en Barcelona, Roma, Buenos Aires, etc, parece ser un paso más en la alienación de la vida humana. Más distanciamiento social, como sí hiciera falta, es la moraleja que va a dejar la “peste”. Los individuos, ya previamente atomizados por la mercantilización capitalista de sus cuerpos, no serán ni siquiera los mismos que antes de la pandemia/cuarentena.

La “peste”, que se ha puesto el traje de Covid-19, ya estaba presente desde un tiempo largo a esta parte, pero la actual circunstancia sanitaria ha hecho que corriera como reguero de pólvora. En realidad, el individualista slogan “cuidarte es cuidarnos” no es nuevo, pero sí ha encontrado un escenario propicio en el cual consolidarse.

Las pequeñitas “pestes”, esas “normales”, como la pobreza extrema de gran parte de la población mundial o la mortalidad infantil en el tercer mundo, “por suerte” no requieren de cuarentenas. Esas no contagian. Esos virus no viajan por el aire ni afectan a las clases altas y medias. En definitiva: ¿a quién en su sano juicio se le ocurriría parar el mundo por la verdadera peste? Sí, seguramente a muchos hombres y mujeres que dieron sus vidas por un mundo mejor a lo largo y ancho del siglo pasado.


[1] Traverso, Enzo. “Melancolía de la Izquierda”. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica, 2018.

[2] Furet, Francois. “El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX”. México. Fondo de Cultura Económica, 1996.


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