Aluvión


El aluvión, gauchaje federal, el malón, cadena, lodo, pata sucia, chori, piquetero, tupaquero, negro, sucio, colla, indio, inculto, animal, planero, vago, kuka, kaka, villero, guerrillero, apátrida, subversivo, los mismos de antaño, los mismos de hoy, zoológico. Ese otro que no pertenece al linaje de nuestra patria.

  • Por Sacha Kun Sabó

Igual que en “Civilización y Barbarie”, que en el “Facundo”, que, en el 55, o en el 76, el aluvión volvió. Llegó con esa valija cargada de desprecios y exclusiones, construcción del ultraje medio pelar a la América profunda desde los decires fundantes de la patria oligárquica de Tomas de Anchorena “…la casta de los chocolates”, el aluvión es de esos que están fuera de la argenta tierra porque “no se bajaron de los barcos” ni son “europeos en el exilio” como diría la semántica borgiana.

La oscura otredad del otro y por simple lógica exposicional, el que no es europeo, por tanto, no es argentino, como expuso ese primer mandatario que no sospecha que no sabe. Seguramente se referiría a un invasor, a un cabecita negra, a un bolita, a un chilote, a un paragua, a un mapuche, alteridades que cimentan el odio de una argentinidad blanca hacia ese otro morocho, excluido, culpable, condenado de la tierra, maldito de malditos, el otro absoluto. Los nacidos para no ser, promotores de nuestras europeas desgracias, de nuestras malas mieses, inviernos y enfermedades, de nuestra falta de trabajo, porque no sólo roban cosas, nos roban el sustento. Están en frente de nuestro modo de existencia del candor de nuestro suelo y de nuestra estirpe.

Pero para solución perversa el cambio llegó en un impensable regreso a la Patagonia trágica, llegó paradójicamente de la mano de las urnas en 2015 y sin clarines cuarteleros. Un fenomenal artilugio propagandístico; la construcción de un enemigo interno, el aluvión. Enlute de amarillo, un color que cayó de cielo con ángeles postrados, un infierno del Dante, la furia, neoliberalismo extractivo, marabuntesco, desbastador, ominoso, que únicamente puede sostenerse en la conformidad de una sociedad que es cultivada en su subjetividad a través del proselitismo medial acrítico y uniformado.

Un dominio antidemocrático que embiste con embustes económico, mediáticos y judiciales, la aceptación social de una regresión antediluviana apoyada en antaños axiomas xenófobos. Una suerte de alineación reactiva, un dispositivo donde el rencor se muta en fase del carácter propio y social, la construcción de un desigual que es acentuado y reconocido como una alteridad absoluta, un enemigo primigenio, un aluvión, un otro satanizado, una víctima propiciatoria de un ritual social que se manifiesta en el cultismo de una moral amarillenta y biliosa. Un zoológico de barbarie, que por tal, evita así, desde la mirada disciplinadora de la sociedad, la culpa oficial de un genocidio por goteo.

El odio como expresión radical de la enemistad, del antagonismo exacerbado del desacuerdo extremo, de lo innegociable. La tirria supina a la américa profunda esa herramienta de cohesión medio pelar hacia la patria grande, ese chivo expiatorio que distrae, dispersa. La sustancia y forma opiácea de hostilidad para robar el sentido crítico de la realidad a una sociedad uniformada. 

Por tanto, el aluvión está fuera de la argentinidad, será el mal de males de la casa tomada, un tumor que debe ser extirpado y el demonio que debe ser exorcizado, el que funda neurosis social y como neurosis miedo. No hay conexión del ciudadano medio con esta pertenencia animalesca, hay una ruptura entitativa, hay una disrupción en su sentido de humanidad porque el aluvión no es otra cosa que un espantajo social. El neoliberalismo generó la ruptura de las categorías del tejido social, donde la destrucción de la alteridad de ese otro lejano o cercano, se ve fomentada por la preocupación umbilical del ciudadano promedio. Procurando sólo inquietarse por ellos mismos, deseo mórbido de la teoría del mercado absoluto, donde el estado protector, moderador deja de existir. Patria C.E.O., la potestad política del cambio tiene entonces una matrícula de inscripción consensuada desde la guerra hacia el otro, en el sigilo de las inequidades económicas ocultadas, en la fragilidad de los cuerpos.

Una sociedad del medio pelo, forzada por sus propias limitaciones de clase que necesita aparentar un estatus superior al que en realidad posee, a ese socio- centrismo vernáculo que se piensa así mismo no sólo como blanco y europeo sino casi en relación carnal con la oligarquía argentina. Como un patricio recién llegado donde un universo conspirativo lo ha puesto en un lugar geográfico, económico y social, que no le corresponde.

Por eso el desprecio, por eso el odio, por eso la distancia impuesta a ese otro moreno que es mucho más cercano en su realidad pobre a la cercanía fabulesca con la autarquía camarillesca del círculo del poder.

Hay por tanto un acordar a una perversión desquiciada, argumentada desde el escarmiento, la represión, la revancha, la intimidación, el crimen, en sus más variadas expresiones. Una mass media que pide mano dura, felicita los despidos, la caza y encarcelamiento de políticos dirigentes y militantes y que se nutre de represiones, intransigencia, patriotería, misoginia, mordacidad, violencia, maltrato, ultraje, asesinatos, torturas con lógicas gubernamentales que conquistan los significados sociales, imperiosos, por alcanzar la argentinidad globalizada y moderna.

Todas ellos formas y argumentos de destrucción masiva de las redes de contención social y de la solidaridad, ayudados por el ejercicio intoxicante de los medios de comunicación concentrados. Pobres identidades cruzadas por dañinos imaginarios regresivos de interpretación del cosmos social, un patrón binario donde el argentino medio absorbe la negación de todo valor vinculado a lo popular. El miedo y el consenso son sustancia, son parte del león en el juego perverso del oficialismo.

Con una capacidad maniquea de manipulación estructurante, que no habíamos visto desde la década de plomo, y que nos llama permanentemente a un conformarse atónito, vencido y sin retorno al pensamiento crítico. El cambio trajo consigo la supresión de la plaga profusa y anárquica de lo político Trapicheo amarillo de dos democracias una idearía platónica sacrificada y etérea donde hay un pueblo disciplinado por las normas del buen vivir y donde se ha logrado doblegar el aluvión que amenazaba el París sudamericano y su antítesis una democracia populista, cambalachera sucia, negra y corrupta que es más un fascismo que un verdadero constructo republicano.

Es necesaria, y así se nos exige una nación de cuerpos democráticos ascéticos, apolíticos en la constitución de cuerpos deschoripaneados cultores de la viralización, del hashtag y el trending topic. Desde los Comuneros colombianos, Túpac Amaru y los quilombos brasileños, las montoneras, Felipe Varela y el Chacho Peñaloza, Dorrego, Artigas, Belgrano y San Martín, nuestra genealogía es la de un combate entre emancipación y colonia, una grieta histórica nunca cerrada, pero el palacio de toda victoria se construye sobre el pueblo entero.

Nadie los esperaba, pero allí están surgentes en los intersticios del cemento urbano resistiendo, el aluvión se reinventa, persiste, lucha, evoluciona, contagia, enfrenta el cambio, el cambio al pasado, esa continuación civil de la dictadura, por otros medios, pero la misma. El aluvión que se enrola, se bifurca se organiza, zigzaguea, sortea y vence al gendarme manchado, desde alto comedero al desierto patagónico, grita, grita libertad, sigue, se enfrenta en la calle cara a cara roca y bandera. El aluvión de hombres grandes que no necesitan odiar para existir, que han perdido cien batallas, pero no la risa cómplice y compañera. Simples hombres del malón, por ello inalcanzables y utópicos en la incertidumbre de la lucha callejera, que sienten el ensordecedor murmullo de la revolución, las voces, tiempo imprevisible y misterioso.

Están allí porque es su deber de ser humano, de guerrear contra todo privilegio, pero sin olvidar que esta lucha es una lucha sin fin, Llegan y se instalan borrachos de pobreza, de esa copa del derrame que no derrama oteando las 30.001 luchas que serpentean la plaza. Pueblada no llegada, El Aluvión, hay un ardiente presagio. Se siente en ciernes Se huele y quema los ojos, la garganta y la carne en llagas, marchan, ganan a las deshonras de cambio con sus propias honras, Santiago, Rafael, Facundo, las voces.

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