Teatrix, ¿le quitó el “aura” al teatro?


Teatrix llegó presentado por su mentora Mirta Romay, hija del recordado Alejandro, como “el Netflix del teatro”. Una propuesta nueva en nuestro país, ya que en Estados Unidos y Europa es una práctica común, donde el hecho teatral es volcado a una plataforma de transmisión (“streaming”), acercando así al público en general a presenciar una puesta en escena desde la comodidad de sus hogares.

Hay aquí, un cambio significativo, no sólo a nivel de expectación, sino también al fenómeno de transposición que trae aparejado. La teoría es un discurso a veces incómodo porque llega a iluminar sitios velados y deviene en una operatoria contraria, muchas veces resistida porque queda expuesto el hilo que mueve la marioneta y obliga a cambiar los paradigmas.

Es Oscar Steimberg, en este caso, quien ilumina con claridad el fenómeno transpositivo que un tiempo atrás no era objetado, y nos hace reflexionar: transponer es volver a colocar un texto en otro soporte. El texto fuente es sacado y reconfigurado en otro. Según el autor, esto conlleva a tensiones que no pasan desapercibidas. Cada género es un “constructo social” que tiene componentes propios en el proceso de semiotización, y a ello se le suma el “estilo de época y autor” que a veces son decisivos para modificar irremediablemente el texto de origen.

Los denominados “desvíos” son esas modificaciones, desplazamientos, supresiones, agregados que muchas veces son reconocidos o rechazados (dependiendo de las posibilidades del nuevo discurso), o lo resignifiquen a manera de profanación, desmantelando el relato original.

Entrevista e Oscar Steimberg

Mirando a Teatrix desde la teoría de Steimberg, este emergente y nuevo estatus cultural podría no convencer a los hacedores y amantes del género. El rito teatral tiene código, mística y leyes que le son propias, conformando un conjunto de relaciones preparada para el aquí y ahora, donde lo más importante de toda la estructura mencionada es el bien supremo de la interconexión de los presentes, testigos de ese momento fugaz, único e irrepetible.

 Walter Benjamin por su parte, habla del impacto negativo que causa sobre el arte en general “la reproductibilidad técnica y la tecnología”, porque entendía que el prestigio de una obra de arte es directamente proporcional a la participación social en los lugares de exposición. Así, con el nuevo fenómeno, la transposición del original convertido en afiches, postales, estampillas, transmisiones por radio, televisión, Internet, etc., destruye ese “halo” que lo hace único y auténtico, que denominó “aura”.

Alguien podría suponer anacrónica la cita a Benjamin si consideramos que Andy Warhol o Roy Lichtenstein convirtieron en obras de arte justamente el producto de esas reproducciones masivas; sin embargo, en el arte teatral lo consideramos pertinente porque la esencia misma del género exige su permanencia en las salas teatrales.

Cuando la puesta en escena se libera, pone en movimiento un engranaje complejo que debe lidiar con muchos frentes para lograr un equilibrio. El dramaturgo debe construir una fábula verosímil para que los actores se apropien de ella y tengan el talento suficiente para transmitirla. En sus cuerpos están depositadas las expectativas que serán acompañadas por un entramado de lenguajes: iluminación, sonido, vestuario, escenografía, movimiento etc, que darán sentido al todo.

Ese contexto no es otra cosa que un cable tensado sobre el que deben transitar sin red para alcanzar el objetivo propuesto. Nace y muere ahí. Efímera y compleja. Exceso de adrenalina que se respira y se comparte “persona a persona” con el público en una tensa complicidad. Nunca habrá nada igual. La experiencia teatral es una perfecta analogía de la conocida paremia de Heráclito: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”.

En el teatro televisado nunca se pondrá de manifiesto lo dicho anteriormente. El presagio de Steimberg en este caso se cumple. Los “desvíos” en las transposiciones pueden producir quiebres irreparables que sobrevolarán esta experiencia en particular.

De todos modos, uno no pretende colocar la vara muy alta o comulgar con Jorge Bosh que en su libro Cultura y Contracultura se vuelve lapidario y elitista respecto de las elecciones consideradas por él, inferiores en el mundo de la cultura. Las mentes abiertas reconocen que cada ideología, convicción, proyecto personal o colectivo tiene su par antagónico y complementario; entonces, es lícito reconocer que, a través de Teatrix, el teatro puede ser (aunque sin su “aura”) masivamente consumido como sucedió con la literatura cuando fue llevada al cine.

¡Justicia kármica!, Los hermanos Green, Collodi, Andersen, Melville, Stoker, Eco, Austen, Tolstoi, Stevenson, fueron conocidos por las nuevas generaciones poco propensas al hábito de la lectura gracias a la magia del séptimo arte, aunque fuera sólo nombrados en una ráfaga olvidable…

Estamos todos inmersos en la postmodernidad, una de sus características es la aceptación de la pluralidad ideológica, aunque el foco de su poder se centre en el consumismo. Si Teatrix va a facilitar el acercamiento de un bien cultural a domicilio, ¡bienvenido sea!, Una buena gestión es ese conjunto de operaciones para mejorar la calidad de vida de un colectivo, cualquiera sea su amalgama ideológica; quedarnos en las sendas perdidas, atrapados en teorías obsoletas, aunque certeras, no es el camino. Abrir el abanico de posibilidades para contenernos a todos, es aceptar nuestro momento en su contexto pleno.

Acompañemos esa evolución, aun sabiendo que el teatro puesto en las pantallas de televisión, sin dudas, perderá toda la mística y especificidad propia de su lenguaje rico y subyugante, pero va a acarrear otros eventos con características propias que hay que dejarlos venir.

 Si esto no hubiera ocurrido no hubiéramos conocido, por ejemplo, a uno de los mejores exponentes del stand up: el genial George Carlin, famoso por sus reflexiones críticas a la religión y a la política norteamericanas, cuyos eventos teatrales fueron inmortalizados por HBO allá por 1977 y que siguen siendo multitudinariamente visitados en YouTube.

Así, es de esperar que Teatrix haga perdurar para generaciones venideras a nuestros brillantes actores teatrales más allá de su existencia física.

¿Quién no querría volver a ver a los Les Luthiers o a Enrique Pinti en el futuro?, Aunque sólo fuera en el último caso para confirmar la descripción Borgiana de que “los argentinos somos incorregibles”.

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