Lecturas Feministas: La Mujer Habitada


La prosa poética de Gioconda Belli hace explosión en la historia que narra “La mujer habitada”. 

El estado primitivo y nunca superado del hombre, en cuanto a sus luchas y pasiones, sigue intacto refugiado en su esencia, sólo cambia el contexto y los actores. Así, la mujer en muchos aspectos sigue conservando el instinto atávico de obtener para sí al cazador más fuerte e ingenioso para asegurar la supervivencia de su prole. Gioconda, consciente de esto, delínea un paralelo entre dos cosmovisiones que dialogan, y de donde surgen puntos de encuentro y distancias irreconciliables.

Las mujeres a las que hace referencia son justamente las que se aventuran a traspasar el umbral de las preguntas, pero cuando llegan a las respuestas, ya no se conforman con la idea preconcebida del “deber ser” compatible con su condición de femineidad anterior. Sostener esas pequeñas rebeldías en un universo machista, desata oleadas de resistencias propias y ajenas.

Allí aparece Itzá (gota de rocío) que a manera de extra-escena, como una voz en off, la mujer indígena reencarnada en un árbol expone con ferocidad brutal el sufrimiento de su raza, tratando de contener la invasión durante las conquistas. El epistemicidio más cruel del que fue testigo toda la humanidad.

Esa intervención periférica no modifica la trama, sino acompaña el crecimiento interior de Lavinia, una mujer con sus mismos principios pero que existe en otro tiempo y espacio y con otras circunstancias. Y eso es lo original. En diferentes existencias, el choque de los dos mundos sigue siendo la idea negada a su género, la de “no ser sólo ribera”, donde “descansa el guerrero”, sino nadar con él en el río, sentirse parte de la historia y reconocerse en ella. Una cruzada perpetua.

En distintos ritmos, las dos van creciendo entre avances y retrocesos, dudas y miedos. Los límites van siendo derribados, van mutando con la lucha interior como potente motor que se vuelve a veces implacable. Una a una las barreras van siendo demolidas para edificar sus vidas con ideales diferentes y lo mejor, estar en la vanguardia y no en las trincheras. Ambas tienen el amor como punto de partida, pero reconociendo que ese concepto no significa lo mismo para el hombre y la mujer, ellos “están hechos de otra sustancia”, que aunque se esfuercen nunca tendrá la misma dimensión.

Es interesante, y tal vez para muchos imperceptible, que la presencia de Gioconda en su papel de narradora omnisciente, la convierta indirectamente en un actor principal. Así admite que volcó en el personaje de Lavinia su propio proceso de transformación cuando debió enfrentarse a la disyuntiva de formar parte del movimiento revolucionario sandinista. En este punto, la novela tiene atisbos autobiográficos que la hace más deseable por la innata curiosidad humana.

“La mujer habitada” nos invita a profundas y conocidas reflexiones. Asumir un compromiso colectivo, conlleva muchas renuncias que pocos están dispuestos a asumir. Sentir empatía y solidaridad por los oprimidos de siempre da la sensación de vivir en un mundo paralelo, visible sólo para los que lo habitan y anodino para los demás. Muchas generaciones no cumplen con su misión, entonces los pendientes deben esperar a las venideras para retomar su camino; el retroceso y la espera es un callejón sin salida que hace que el destino de los pueblos se repita una y otra vez. Ésa es la cuestión: la falta de interés y la ineficacia de algunos para detectar las prioridades de las minorías, que en su conjunto forman el todo, genera la injusticia de no ver las genuinas necesidades sociales.

No avalar la violencia y las luchas armadas, apelando al sentido común, convencidos que hay instancias superadoras, no impide que la realidad anule ese sentido común; consecuentemente, las rebeliones se suceden, y es una rareza humana que la aniquilación del hombre sea el triunfo del hombre.

Hacer hincapié sólo en los personajes principales que más cautivan y no ahondar en la trama, no sólo es una velada invitación a que se sumerjan en esta historia saturada de palabras, poesía, horror, conceptos, alusiones, donde la polifonía textual atrapa irremediablemente, sino también es sentir orgullo femenino del empoderamiento de la mujer desde otro lugar; aquel donde puede expresar su disconformidad yendo más allá de la trasgresión superflua y mimética.  

Gioconda concluye su aventura literaria con una frase que suena a perogrullada “Nadie que ama muere jamás”, pero es una verdad a viva voz.


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