El lado B de la historia: Surgimiento del Estado Balcánico


Por Diego Gómez

En la Batalla de Kosovo, en 1389, y la Batalla de Nicópolis, en 1396, el imperio otomano derrotó a la nobleza serbia y al reino de Bulgaria, respectivamente, y comenzó la conquista de la península balcánica. Ciento veinte años más tarde los otomanos ya habían ocupado todos los Balcanes e incluso el reino de Hungría, como consecuencia de la Batalla de Mohacs en 1526.

La larga estadía otomana en la zona fue dejando su huella. Los pomacos de Bulgaria, los goranis de Kosovo, los musulmanes de Novi Pazar (Serbia), los albaneses de Kosovo y Macedonia, tanto como los albaneses de Albania y los musulmanes de Bosnia-Herzegovina son pueblos que se convirtieron al islam como consecuencia de la penetración del imperio otomano en la región. Pero si bien un número importante de la población balcánica se islamizó, esta circunstancia no tuvo como causa una imposición del Sultán. Los cristianos (católicos y ortodoxos) que eran la mayoría, pero también los judíos sefaradíes, pudieron practicar su culto religioso sin ningún tipo de dificultad.

Además de su notable capacidad de conquista, en buena medida debido a la efectividad de su casta militar de élite —los jenízaros—, los sultanes se vieron favorecidos por dos sucesos que hicieron que el “mundo comercial” no se interesase demasiado por los territorios conquistados por los otomanos. El descubrimiento de América en 1492 y el hallazgo de la ruta marítima a las Indias, por el portugués Vasco da Gama en 1498, hizo que Europa se desinteresara de los Balcanes durante un largo periodo de tiempo. Así es que durante tres siglos la dominación otomana de la península balcánica permaneció estable y sin demasiados sobresaltos.

La economía otomana tuvo como fuente principal de riqueza la expansión militar y el cobro de impuestos fiscales. La agricultura era considerada más importante que la industria y el comercio. No es fácil definir claramente las características centrales del modo de producción otomano porque no se ajustaba al modo de producción asiático, relatado por Marx, ni al feudalismo desarrollado en la Europa medieval. Estos modelos no reflejan con precisión la economía otomana. Quizás esta ocupara algún punto medio entre los dos: aquí el exceso de producción campesina era gravada por el Estado, en lugar de ser pagado como renta a los señores feudales.

Pero entrado el siglo XIX, y con el capitalismo en absoluto avance, la situación se modificó radicalmente. La economía de los sultanes poco podía hacer ante el avance descomunal de la burguesía europea. Las pérdidas territoriales del siglo XIX son un indicador de la enorme desigualdad que existía entre los Estados-Nación del liberalismo burgués y el imperio otomano. 


El nacionalismo yugoslavo del siglo XIX

A principios del siglo XIX, los actuales territorios de Eslovenia, Croacia y Vojvodina estaban en manos de Austria y Hungría, y del imperio austrohúngaro a partir de su formación en 1867. El resto de la península balcánica, es decir Rumanía, Bulgaria, Serbia, Albania y Macedonia seguían bajo dominio turco. Grecia se había independizado, tempranamente, en 1830. Pero a mediados del siglo XIX, en los territorios en los cuales luego de la Primera Guerra Mundial se iba a crear el reino de los serbios, croatas y eslovenos (reino de Yugoslavia a partir de 1929), comenzaron a surgir, de un lado y del otro del rio Drina, bocetos de proyectos políticos tendientes a la unificación de los eslavos del sur. Sin distinción de religiones, tanto aquellos que profesaban la fe cristiana ortodoxa como aquellos que tenían como religión al catolicismo, se unían porque tenían un enemigo común: la ocupación de una potencia extranjera.

En estos territorios habitaban gentes que hablaban varias lenguas y profesaban tres religiones. Sin embargo el movimiento nacionalista yugoslavo, que comenzó un poco antes de mediados del siglo XIX y se extendió hasta fines del mismo, no privilegiaba las particularidades lingüísticas y religiosas sino que hacía el esfuerzo por dejar a un lado lo que hubiera de “distinto” en aras de fortalecer un proyecto político emancipador, expansivo y viable económica y políticamente. Quienes intentaron forjar un movimiento nacionalista yugoslavo, en el periodo de la formación de las naciones, no hicieron más que ponerse el traje que estaba de moda, a saber: utilizar los ingredientes necesarios para la creación de un Estado-Nación que acompasara el flujo de la historia decimonónica, es decir, el desarrollo del capitalismo liberal.

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Ljudevit Gaj

El movimiento ilirio surgió a mediados del siglo XIX y tuvo como característica central el intento de deshacer las diferencias que pudieran existir entre los serbios y los croatas, los dos pueblos mayoritarios de los eslavos del sur. Lingüistas y filólogos como Vuk Stefanović Karadžić, Ljudevit Gaj y Josip Juraj Strossmayer trabajaron para unificar la lengua. Eric Hobsbawm en Naciones y nacionalismos desde 1780, sostenía lo siguiente en relación a los intentos políticos que, por medio de la unificación lingüística, pretendían crear una nación de los eslavos del sur:

A veces esta elección es política o tiene obvias implicaciones políticas. Así, los croatas hablaban tres dialectos (cakavio, kajkavio, stokavio), uno de los cuales era también el dialecto principal de los serbios. Dos de ellos (el kajkavio y el stokavio) llegarían a tener versiones literarias. El gran apóstol croata del movimiento ilirio, Ljudevit Gaj (1809-1872), aunque hablaba y escribía el croata kajkavio como lengua natal, dejó este dialecto por el stokavio, para redactar sus propios escritos, en 1838, con lo cual pretendía subrayar la unidad básica de los eslavos del sur y garantizar que el serbocroata se desarrollara más o menos como una lengua literaria (aunque escrito con caracteres romanos por los croatas, que eran católicos, y con caracteres cirílicos por los serbios, que eran ortodoxos), privar al nacionalismo croata de la oportuna justificación lingüística, y proporcionar tanto a los serbios como, más adelante, a los croatas una excusa para el expansionismo”.

De la cita se desprende con claridad que la intención de Gaj era la creación de una nación amplia y expansiva. Y claramente esto no podía tener en cuenta los particularismos lingüísticos y religiosos, porque de ser así no hubiera encajado con el “fluir” político y económico del capitalismo en ascenso.

Obviamente, aunque haya surgido a través de lingüistas e intelectuales, el yugoslavismo no quedó limitado a la unificación de la lengua. Políticos serbios y croatas pugnaron, a partir del último cuarto del siglo XIX, por la unión estatal de los eslavos del sur. El político austrohúngaro serbio de Croacia, Svetozar Pribićević, participó junto con otros jóvenes activistas serbios y croatas de la redacción del libro Narodna misa (La idea nacional, 1895), en el que se defendía la idea de que serbios y croatas eran una sola nación y que debían colaborar en aras de la unidad. Ante Trumbić, abogado y político croata del imperio austrohúngaro, defendía, al igual que su contemporáneo serbio Svetozar Pribićević, la unidad de serbios y croatas. Trumbić, junto al periodista y político croata Franjo Supilo, promovieron la proclamación de la Declaración de Rijeka, que inspiró la creación de la Coalición croato-serbia, una alianza político-parlamentaria de serbios y croatas, en Austria-Hungría, a principios del siglo XX.

Es cierto que también durante el siglo XIX existió el independentismo serbio y el nacionalismo croata. El primero tuvo lugar en los territorios otomanos exclusivamente, y el segundo, al igual que el nacionalismo de los eslavos del sur, en tierras austrohúngaras. Desde principios del siglo XIX comenzaron los levantamientos contra los otomanos en Serbia, pero caracterizar esas luchas como movimientos nacionalistas tendientes al “levantamiento” de un Estado-Nación para el refugio de la nacionalidad serbia es, como mínimo, pecar de anacronismo.

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Đorđe Petrović

El héroe más importante de la retórica/mitología nacionalista serbia, junto con el príncipe Lazar de la Batalla de Kosovo, es Đorđe Petrović, quien fuera apodado por los otomanos Karađorđe (en turco: negro Jorge). Pero Petrovic, más allá de la mitología, tiene una biografía singular, que en principio resulta bastante ambigua. En la guerra austro-turca, de 1788–1791, se destacó como miembro del Cuerpo Libre de Serbia, una milicia formada por los Habsburgo y serbios otomanos armados y entrenados por los austriacos. Ante el temor a represalias tras la derrota de los rebeldes austriacos y serbios en 1791, él y su familia huyeron al imperio austríaco, donde vivirían hasta 1794, cuando se declaró una amnistía general y pudieron volver a territorio turco. En 1796, el gobernador rebelde de Sanjacado de Vidin[11]Osman Pazvantoğlu, invadió el Pashalik[12] de Belgrado, y Karađorđe luchó junto a los otomanos para sofocar la incursión. A principios de 1804, después de una matanza de jefes serbios por jenízaros otomanos renegados conocidos como dahis, los serbios del Pashalik se rebelaron y Karađorđe fue el líder de esa rebelión victoriosa. Pero, más adelante, en 1913 los otomanos pudieron retomar el control de la región. Entonces él y sus seguidores buscaron refugio en el Imperio austríaco, pero allí fueron arrestados y detenidos. A pesar de las peticiones otomanas de extradición, Austria decidió entregarlo al zarismo y Petrovic terminó encontrando refugio en Besarabia. Allí se unió a la sociedad secreta griega conocida como Filiki Eteria, que planeaba lanzar un levantamiento pan-balcánico contra los otomanos. Karađorđe regresó a Serbia, en secreto, en julio de 1817 pero fue asesinado poco después por agentes del noble serbio Miloš Obrenović, un líder rebelde rival, que estaba preocupado porque la reaparición de Karađorđe causara que los otomanos renegaran de las concesiones que habían otorgado en su ausencia.

Entonces, a pesar de la “pureza” con la que usualmente se escriben las biografías de los héroes nacionales, la realidad tiene más grises que las inmaculadas pretensiones. Đorđe Petrović luchó para el ejército austriaco contra los otomanos, pero también peleó a favor de los turcos en contra de una rebelión interna del imperio; luego fue socorrido por el imperio ruso y en Besarabia se unió a una organización paneslavista financiada por el zarismo, para después ser asesinado por un noble terrateniente de su misma “nacionalidad”. Es decir que fueron demasiados los bandos de los que formó parte el “Negro Jorge” como para reclamar, desde el presente, una gesta imbuida de pureza nacional. En definitiva, como dijera Ernest Renán, en su famosa conferencia en la Sorbona:

“¿Qué es una nación?”: “El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación, y es así como el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro para la nacionalidad”.

El nacionalismo exclusivamente croata, que apareció por primera vez, en pequeña escala, a principios de la década de 1870, fue sustentado por la pequeña burguesía urbana. Logró sumar adeptos entre la clase media baja, que iba teniendo cada vez más inconvenientes económicos a causa de la gran depresión económica de fines de siglo XIX. Reflejaba la oposición de la pequeña burguesía al yugoslavismo, que era la ideología nacionalista de la burguesía más acomodada e influyente. Pero como no disponían de una lengua ni una “raza” que les hubieran podido proporcionar una singularidad a partir de la cual legitimarse, el discurso se fue armando en base a una suerte de misión histórica que tenía como fin la defensa de la cristiandad occidental en contra de la barbarie oriental. Los croatas habían sido el “pueblo elegido” para cuidar de Europa y su cultura. Más adelante, ya entrado el siglo XX, el movimiento nacionalista de extrema derecha croata conocido como los ustashas, en su oposición a la nacionalidad serbia (cristianismo ortodoxo) y al comunismo, afirmaba la incompatibilidad de los serbios con los croatas porque, según su retórica, la nacionalidad serbia encarnaba lo oriental, lo bárbaro, lo que tenía que ver con el comunismo, mientras que la nacionalidad croata era occidental y, por eso, católica y profundamente anticomunista.

El nacionalismo croata, pequeño e impotente económicamente, no podía legitimarse a través de la lengua, porque ese mismo idioma lo hablaban los serbios, los musulmanes de Bosnia-Herzegovina y los montenegrinos. Tampoco podía “disolver” las diferencias dialectales del serbocroata, porque ese era el proyecto político de la burguesía yugoslava más potente. Entonces, y lamentablemente, tomó una “dádiva” existente a fines del siglo XIX y principios del XX: el corrimiento a la derecha política de los movimientos nacionalistas. Su legitimación va a ser la separación y no la unión. Casi medio siglo más tarde, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, el movimiento ustasha croata llevó adelante un espeluznante genocidio sobre los serbios —por su cristiandad ortodoxa— y sobre los antifascistas en general, asociados al comunismo según la ideología ustasha: un modo de vida bárbaro y oriental que no se correspondía con la civilización occidental y católica croata.

Surgimiento de los pequeños Estados balcánicos: la balcanización

Fue recién a partir de las directivas emanadas del Congreso de Berlín, en 1878, que Serbia, Rumania, Bulgaria y Montenegro surgieron como Estados independientes y se sumaron a Grecia en el coro de los territorios liberados de la soberanía del sultán. Estos países, muy pequeños y con escasa autonomía política y económica, se caracterizaron por tener una relación de dependencia con las principales potencias imperialistas de la época. Más allá de los anhelos de los movimientos nacionalistas balcánicos, que pugnaban por la independencia, su “libertad” política se debió al acuerdo realizado entre Francia, Gran Bretaña, Rusia, Austria-Hungría, Alemania e Italia para trazar las nuevas fronteras balcánicas desplazando a los turcos. Es decir que el surgimiento de las nuevas naciones fue más bien producto de un diagrama confeccionado por fuera del territorio que la realización de la autodeterminación nacional. Prueba de lo dicho es que en el Congreso de Berlín estuvieron presentes y decidieron el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, el Imperio austrohúngaroFrancia, el Imperio alemán, el Reino de Italia, el Imperio ruso y el Imperio otomano; mientras que los delegados del Reino de Grecia, del Principado de Rumania, del Principado de Serbia y del Principado de Montenegro asistieron en las sesiones que trataban sobre su futuro político, pero tan solo en calidad de observadores.

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Europa sudoriental después del Congreso de Berlín

La autodeterminación política no llegó para los territorios balcánicos que formaban parte del imperio austrohúngaro y sí para los que estaban dentro del imperio otomano. Esta diferencia, seguramente, no se debió a la mayor pujanza de los eslavos “otomanos”, por un lado, ni a la debilidad de los eslavos “austrohúngaros”, por el otro. La causa podría explicarse porque los del norte (Croacia, Eslovenia y Vojvodina) formaban parte de un Estado multinacional mucho más desarrollado y por dicha cuestión más fuerte que el otomano. A diferencia de lo ocurrido con el Estado turco, Austro-Hungría no solo no perdió territorios como consecuencia del Congreso de Berlín sino que se quedó con Bosnia-Herzegovina.  El “Enfermo de Europa” estaba muy débil para resistir los embates de los imperialismos europeos y entonces no pudo más que aceptar la derrota y conservar tan solo Macedonia, Tracia, Kosovo y Albania. Territorios que, salvo Tracia, iba a terminar perdiendo en la Guerras Balcánicas de 1912/13. 

Los países balcánicos surgidos en 1878 no tuvieron la fuerza necesaria para sostener una vida independiente respecto de los “deseos” y “sugerencias” de las potencias imperialistas europeas. Las siguientes palabras de León Trotski ilustran la cuestión:

“Los Estados que hoy en día forman la península balcánica fueron fabricados por la diplomacia europea en la Conferencia de Berlín de 1878. En ella se tomaron todas las medidas para transformar la diversidad nacional de los Balcanes en una maraña de pequeños Estados. Ninguno de ellos podría extenderse más allá de un cierto límite. Cada uno de ellos constreñido entre sus propios lazos diplomáticos y dinásticos opuestos a todos los demás. Y para acabar, todos impotentes frente a las constantes maquinaciones e intrigas de las grandes potencias europeas”.

A la cita del revolucionario ruso solo se le podría agregar que los movimientos nacionalistas, por más débiles que fueran, poseían un carácter burgués o protoburgués. Tanto los iliristas (yugoslavistas) como los serbios o croatas, pero también los nacionalismos búlgaro, macedonio, rumano, esloveno, etc., pretendían presentar sus intereses particulares como del interés del pueblo todo, como sí de la “Nación” misma se tratara.

Una vez desaparecidos el imperio otomano y el imperio austro-húngaro, finalizada la Primera Guerra Mundial, ya en el marco político del reino de los serbios, croatas y eslovenos (y en el reino de Yugoslavia luego),  las disputas nacionales entre la burguesía hegemonista serbia y la impugnación de los nacionalismos croata y macedonio comenzaron a estallar. El asesinato del líder del Partido Campesino Croata Stjepan Radic (1928) a manos de un nacionalista montenegrino en el Parlamento yugoslavo y el magnicidio del rey Aleksandar Karadjordjevic (1934) son claros indicadores de las disputas de las clases dirigentes y de las burguesías nacionales de los eslavos del sur. El hegemonismo gran serbio del reino de Yugoslavia chocaba con las aspiraciones nacionalistas croatas.

Afortunadamente la Segunda Guerra Mundial iba a traer el antídoto antinacionalista a través del movimiento antifascista de liberación nacional de Yugoslavia, que además de luchar contra los invasores nazi-fascistas se enfrentó a las formaciones nacionalistas y colaboracionistas con el invasor: los ustashas croatas, cetniks serbios, domobranci eslovenos, las SS Handzar musulmanas, los Balli Kombetari albaneses, etc. La República Federativa Socialista de Yugoslavia, surgida como consecuencia del triunfo de los partisanos yugoslavos, asumió en términos políticos la forma que había tenido la lucha antifascista en Yugoslavia: un Estado Federal con seis repúblicas y dos provincias autónomas. Un país multinacional sin ningún tipo de opresión nacional.

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