La burguesía y la construcción de naciones


Por Diego Gómez

La Revolución Francesa fue el comienzo del triunfo de la burguesía sobre la nobleza. Del capitalismo sobre el feudalismo. De la república sobre la monarquía. Y esta transformación de un modo de producción a otro, del cambio de las relaciones feudales de producción por las relaciones capitalistas de producción se instrumentó a través del proceso de formación de naciones, es decir de la construcción de Estados-Nación.

El triunfo de la Santa Alianza, compuesta por Rusia, Austria y Prusia, sobre el imperio napoleónico en 1815, no fue más que uno de los últimos estertores del Ancien Régime. El Congreso de Viena solo pudo retrasar, en la arena política, el firme desarrollo económico del capitalismo. El avance de la burguesía en la construcción de naciones fue una constante, en Europa Occidental y Europa Central, durante todo el siglo XIX. El triunfo del capitalismo, en su lucha contra la nobleza, resultaba un hecho incontrastable; la edificación de grandes economías nacionales, el indicador histórico de la victoria.

Los puntales en los que se basaba el proceso de formación de naciones, durante el siglo XIX, nada tenían que ver con los particularismos regionales basados en la lengua o en algún supuesto pasado cultural común. La nación francesa se construyó a partir de la imposición del francés como lengua del ciudadano y no al revés. No fue el francés, que hablaba un bajísimo porcentaje de la población que habitaba el reino de Francia antes de la revolución, la causa que creó la economía nacional francesa durante el siglo XIX, sino que el desarrollo de las relaciones capitalistas de producción necesitaban de un código común, de una lengua administrativa y comercial: la langue française.

También la creación de los Estados Unidos de América poco tuvo que ver con la lengua o un pasado común. La revolución estadounidense puede ser entendida como un proceso de expansión económica. El formidable avance hacia el oeste y hacia el sur, durante el siglo XIX, ilustra el carácter expansivo de la economía estadounidense. La conquista del Lejano Oeste o la anexión de México no se hicieron en honor a Washington Irvin, Walt Whitman o James Fenimore Cooper, sino que tuvieron más que ver con el colonialismo de Stephen Fuller Austin y Meriwether Lewis y William Clark, entre tantos otros.

La construcción de las naciones alemana e italiana podría verse, superficialmente, como un ejemplo que contradiría lo dicho arriba acerca de Francia y los Estados Unidos de América, pero en realidad solo es un efecto ilusorio. Porque la característica fundamental de la burguesía que hablaba alemán en el centro de Europa era su capacidad material para crear un Estado burgués. Poseía la fuerza para unir, políticamente y económicamente, todos los territorios en donde el alemán fuese mayoritario. No fue entonces la lengua alemana la causa de la creación del imperio alemán sino una herramienta, una condición de posibilidad.

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Massimo d’Azeglio

En “Italia”, una vez realizada la “unificación”, Massimo d’Azeglio sostuvo: “Hemos hecho Italia, ahora hemos de hacer a los italianos”. El dialecto toscano, que sirvió de base para el italiano oficial del reino de Italia, era una variedad italorromance que se había desarrollado durante la Edad Media. Claramente no fue elegido por ser la lengua mayoritaria de los “italianos” del siglo XIX, pues muy poca gente lo hablaba, sino por el prestigio obtenido gracias a ser el idioma que habían utilizado grandes escritores y filósofos como Dante Alighieri, Nicolás Maquiavelo, Giovanni Boccaccio, etc.

En Sudamérica a nadie se le ocurriría pensar que los movimientos independentistas que lucharon contra la corona española y luego crearon Estados-Nación, a lo largo y a lo ancho del siglo XIX, lo hicieron en honor de la lengua castellana (que era además el idioma de los españoles) o de un pasado común, que resultaba absolutamente inexistente. Las protoburguesías criollas tenían como modelo a las exitosas formaciones políticas burguesas de la Europa decimonónica; Francia y Gran Bretaña, pero también los Estados Unidos de América era el ejemplo a seguir. En la Argentina, Juan Bautista Alberdi y Domingo Sarmiento, a modo de ejemplo, tenían como referencia Estados Unidos de América, Europa Occidental y Escandinavia. En un trabajo titulado “Elementos de derecho público provincial argentino”, Alberdi escribió:

Aunque pasen cien años, los rotos, los cholos o los gauchos no se convertirán en obreros ingleses… En vez de dejar esas tierras a los indios salvajes que hoy las poseen, ¿por qué no poblarlas de alemanes, ingleses y suizos?… Tenemos suelo hace tres siglos, y sólo tenemos patria desde 1810. La patria es la libertad, es el orden, la riqueza, la civilización organizada en el suelo nativo. Todos estos elementos nos han sido traídos de Europa, desde las ideas hasta la población europea”.

Claramente, más allá del desprecio por la cultura y las formas precapitalstas de las comunidades americanas, las palabras de Alberdi permiten dar cuenta de la manera en la que pensaban los creadores de Naciones en buena parte de América Latina. Pero, también, razonamientos parecidos tenía uno de los teóricos del liberalismo burgués europeo del siglo XIX, John Stuart Mill:

“Nadie puede suponer que no es más beneficioso para un bretón o un vasco de la Navarra francesa ser miembro de la nacionalidad francesa, participando en igualdad de condiciones de todos los privilegios de la ciudadanía francesa […] que estar enfurruñado en sus propios peñascos, reliquia semisalvaje de tiempos pasados, dando vueltas en su propia y pequeña órbita mental, sin participación ni interés en el movimiento general del mundo. El mismo comentario es aplicable al gales o un escocés de las Highlands como miembros de la nación británica”.

De todo lo descrito anteriormente se desprende que durante el siglo XIX los movimientos nacionalistas burgueses crearon Estados-Nación, es decir naciones.  El desarrollo del capitalismo se instrumentó por medio del levantamiento de las economías nacionales. Y estas economías eran expansivas, conquistadoras y viables. Se enmarcaban en un proceso de desarrollo. Las naciones, para el nacionalismo decimonónico, debían armonizar con la “evolución” de la humanidad: familia, tribu, clan, cantón, región, nación. En las siguientes palabras del economista alemán List Friedrich, escritas en la primera mitad del siglo XIX, están contenidas las principales características de las naciones burguesas.

“Una población numerosa y un territorio extenso dotado de múltiples recursos nacionales son requisitos esenciales de la nacionalidad normal […] Una nación restringida en el número de su población y en su territorio, especialmente si tiene una lengua propia, sólo puede poseer una literatura inválida, instituciones inválidas para la promoción del arte y la ciencia. Un Estado pequeño nunca puede llevar a la perfección completa dentro de su territorio las diversas ramas de la producción”

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