La alteridad enferma


La historia epidemiológica habla. Habla no desde la semántica, sino desde la voracidad de los hechos, la escala, el grado, la cuantía de las gravedades de las pandemias en el recorrido de la humanidad. En función de ello, la sociedad occidental ha construido parábolas, alegorías dominantes sobre las enfermedades. Imaginarios de cómo “libramos una guerra” viral, “frentes de batalla” contra la pandemia, médicos en “primera línea”, en “la trinchera”.

  • por Sacha Kun Sabó

La cultura y el lenguaje, su reproductor, nos autorizan a delimitar el pensamiento, a sistematizar los pasos de la simbolización del ser enfermos, incluyendo al doliente en la alteridad. La enfermedad es un otro. La arquitectura decimonónica dio cuenta de esto: grandes hospitales, prisiones, manicomios, leprosarios, de altos muros, invisibilizando lo ominoso del existir. Enfermedad y muerte como una anormalidad y no como un tránsito natural de la vida.

Los estudios sociales, por otro lado, han evidenciado un enorme fortalecimiento posmoderno de las alegorías negativas de los padecimientos en general, fomentadas por el culto del cuerpo joven, vital y saludable: “rompo la cuarentena porque yo, obviamente, no me voy a enfermar”, porque “es una enfermedad de viejos”. El viejo, que es un otro, también es una alteridad. Aunque no haya pruebas fácticas de que Christine Lagarde haya sostenido que “los ancianos viven demasiado y es un riesgo para la economía mundial”, este concepto marca todo un lineamiento del mercado hacia la tercera edad.

Peste negra de por medio, debimos aprehender en el devenir de los tiempos la jerarquía de ambientes sociales y ecosistemas donde los virus se arraigan y multiplican, coexistimos con ellos, pero los minimizamos y de alguna forma lo cotidiano nos lleva al olvido pandémico.

Las epidemias tienen ciclos, etapas, que se emprenden con la negación, circulan luego por la resignación y terminan en el olvido. Pero, recurrentemente, estos desbastes sanitarios regresan con sus recordatorios: el de la vulnerabilidad de los cuerpos ante la enfermedad.

En la globalización, la desigualdad y el individualismo consumista meritocrático son parte de la peste. El neoliberalismo elitiza, despolitiza, desiguala y libera una mutación ontológica del ser, un espanto hacia el otro, la alteridad como anormalidad. Hay un devastamiento global tras cuatro décadas de capitalismo salvaje, un detrimento ecológico, sanitario y social irremediable. La ciencia lo marca: las enfermedades zoonóticas han aumentado debido a que los ecosistemas están siendo arrasados, los virus buscan su sobrevivencia ante el exterminio del hábitat natural, y se difunden más rápidamente hacia la especie humana en su búsqueda de nuevos huéspedes.

La valoración del modo de vida consumista, que acata mutismo absoluto sobre la fragilidad socioeconómica estructural, es parte del asunto. Prevención, sí. Autocuidado, sí. Pero la pandemia, ¿es igual en el aburrimiento gimnástico de Belgrano que en el hacinamiento de Villa Palito y La Rana? 

En la tevé, Robertito Funes, sociólogo de empedrado, desnuda una sociedad enferma, afligida por años de políticas de mercado profundamente enraizadas. Milton Friedman y otras veleidades neoliberales vernáculas hicieron su tarea: egolatría del mérito individual es la consigna; maximizar los beneficios, el faro; cualquier extravío de este deber moral destruiría los fundamentos de la “vida civilizada”. Probablemente nos recuperaremos del Covid-19, con un alto costo humano, y un derrotero doloroso de los sectores populares atravesados por las consecuencias de la pandemia, no sólo en lo sanitario sino en lo económico. Pero no nos engañemos. Como sostiene Atilio Borón, difícilmente volvamos mejores. Las consecuencias del neoliberalismo seguirán, catástrofe tras catástrofe, mientras no agudicemos sus contradicciones sistémicas en un nuevo modelo más equilibrado para el hombre y su único hogar, la Tierra.

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